viernes, 4 de abril de 2014

Magdalena

Algunas décadas atrás…
—Magdalena.
—No me gusta que me llames así —replicó Lola y se dio vuelta sobre su costado derecho.
Las prominentes caderas de la prostituta se alzaban incitantes y orgullosas sobre la cama, y detrás de ella, Rey Romero “el Zopilote”, se frotaba el miembro, ahora flácido y abatido, entre las firmes y carnosas nalgas que momentos antes, mordía y magullaba a su antojo. Los dedos de su mano izquierda jugaban entre los rizos del pubis de Lola. A él le gustaba descansar mientras metía las manos en las piernas de ella, para mantener “caliente el brasero y chorreando la aceitera”, así como le enseñó su padrino en el cansado oficio del “chulo”; un trabajo que desempeñaba con insuperable maña en el control de toda su nómina laboral (sus putas).
—Tú eres mi Magdalena, la más hermosa de todas las putas, y yo soy tu maestro; el que te pone como perra en celo y te coge como ningún otro cabrón.
El Zopilote recuperó la fuerza y dureza sexual, y sin darle tiempo de que se opusiera, le abrió las piernas y la penetró tan profundo como se lo permitió el empuje de sus pies. Lola recibió la estocada con la cara hundida entre las almohadas; gimiendo y gritando sofocada, al sentir la cabeza henchida del falo, partiendo y provocando lascivia en sus entrañas. Las gruesas manos del Zopilote aseguraron las muñecas de Lola, sometiéndola a la lujuria de su lengua recorriendo su espalda; saboreando el sudor y el deseo de ponerle la carne de gallina, elevando la calentura con fuertes embestidas que la hacían dócil y complaciente.
—Esto es lo que te encanta, cabrona —dijo el Zopilote
Al sentir los jugos de Lola chorreando por sus testículos, el Zopilote aceleró el ritmo de las caderas; entrando y saliendo con firmeza y lujuria desbordada; provocando intensos espasmos de placer en las partes más sensibles del interior de la hambrienta caverna.
—¡Sí, sí… así, no pares… ah!
—¡Ya lo ves cabrona! Eres mía…
Lola se abandonó al placer que el Zopilote le provocaba, y para seguir obteniéndolo haría todo lo que su chulo le pidiera.
—¡Ay… sí, sí, sí! Soy tuya… tuya.
—Eres mi puta Magdalena y yo soy tu maestro. ¡Quiero que lo digas!
—¡Ah! Sí… enséñame, soy tu puta ¡Soy tu puta!
El Zopilote llevó al máximo el frenesí del encuentro. Sujetó a Lola de la cintura con ambas manos y comenzó a azotarla contra él mismo para penetrarla con mayor fuerza, como un taladro neumático intentando llegar hasta lo más profundo de su cuerpo. En poco tiempo el sexo de Lola se inundó de semen caliente que puso fin al éxtasis en que se encontraba. No había necesidad de sincronizar los orgasmos, ella estaba algo más que satisfecha con el encuentro, y bastante adolorida del cuerpo, pero eso no importaba siempre que su chulo le siguiera calmando la comezón. El Zopilote se bajó de la cama y caminó hacia el tocador donde se encontraba un vaso con whisky, lo bebió de un solo trago, se vistió con completa indiferencia hacia Lola que aún permanecía recostada, con las piernas extendidas y ligeramente abiertas. El Zopilote se vistió y al terminar de arreglarse dijo:
—Hoy no vas a trabajar. Necesito que recibas al Calacas. Te va a traer un dinero y le pedí que te hiciera un dibujito en las nalgas.
A Lola se le borró la satisfacción del rostro.
—Yo no quiero un tatuaje en las nalgas. ¿De qué dibujo hablas?
—Él ya sabe. Le dices que necesito que termine hoy mismo; te quedas a descansar y mañana te quiero lista a las tres de la tarde,
—¡Oye no, Rey espera! —gritó Lola, pero fue demasiado tarde, el Zopilote se había marchado.
Ese mismo día, Lola cumplió su décimo séptimo aniversario de vida, por lo que la revolcada, el vestido fino que colgaba del ropero y el descanso extra, se convirtieron, en el mejor regalo que había recibido en los tres años de estar cogiendo para ganar dinero; al menos así lo consideraba. A su corta edad, su cuerpo ya se había desarrollado demasiado y su estatura, por arriba de los 1.70 m, la convirtieron en el trasero más solicitado del putero donde comenzó su carrera. Poco más de un año se la pasó debajo de los ebrios mal olientes que frecuentaban el Paty´s bar, hasta que un día se encontró con el Zopilote y después de probarla, este negoció su compra de la misma forma en que el dueño del putero lo hizo con la madre de Lola; justo después de que la chiquilla le confesara las violaciones de su propio padre.
Ahora, resignada a servir toda su vida como recipiente de mocos; Lola tenía la extraña sensación de que su suerte cambiaría pronto. Los clientes del Zopilote no eran ebrios u obreros apestosos como los del Paty´s bar. Algunos eran bien parecidos, bien dotados, hábiles para el sexo, le trataban con ciertas atenciones para su comodidad y, aunque varios le exigían que complaciera sus desviadas fantasías, la situación parecía favorable en comparación con su miserable infancia.
Al día siguiente:
“Eres un hijo de puta, pinche Zopilote”
Lola esperaba a su chulo en la esquina de una avenida concurrida. Su figura calentaba a transeúntes y conductores por igual. Uno tras otro se acercaban con la emoción erecta para disfrutar de su belleza; tal vez les alcanzarían los billetes para una buena cogida (sexo) con la güera nalgona —pensaban algunos. Era inevitable preguntar y, en el caso del conductor de un Jaguar en turno, ofrecer un fajo de billetes que bien tuvieron a tentar la avaricia de la puta. El primer billete tenía dos ceros que le abrieron los ojos; sin embargo, ella era puta, no una estúpida como para deslumbrarse fácilmente.
Los faros de un Grand Marquis negro, se encendieron de forma intermitente para presionar al Jaguar de abandonar el intento. Tras su partida, Lola abrió la puerta del Marquis y se introdujo con una clara molestia reprimida.
—Te dije que no trabajaras este día —dijo el Zopilote.
—Y no estoy trabajando, desde las tres estoy mandando al diablo a todos mis clientes. Ya llevaría lo de dos días con el tipo del Jaguar.
—No te preocupes por eso, tu próximo cliente te puede dar a ganar lo suficiente para que te vayas un mes de vacaciones, pero tienes que hacer un trabajo impecable mi pequeña Magdalena.
Lola retomó el asunto del apodo.
—Me queda claro que soy tu puta, Rey. Y tengo bien presente todo lo que te debo, pero… ¿Acaso era necesario marcarme como animal, sólo porque no me gusta cómo me llamas?
—¡Qué bueno que recuerdes todas tus deudas! Y mejor aún que sepas bien lo que eres, porque esta noche no sólo tendrás que abrir las patas para ganar el dinero.
Lola intuyó que el Zopilote le tenía preparado algo grande y no era precisamente lo que le gustaba tener entre las piernas.
El Zopilote condujo por casi dos horas hasta llegar a un rancho nada modesto, de una zona boscosa en las afueras de la ciudad. Su gesto adusto incomodó a Lola durante todo el trayecto, y pocas palabras cruzaron en la carretera, pero a Lola le quedó claro por qué a partir de ese momento se llamaría Magdalena. El Zopilote le contó sobre su próximo cliente; un delegado de la ciudad que gustaba del sexo y de placeres más peculiares (difíciles de aceptar), al cual, Lola debía impresionar para que aceptara conceder los permisos del centro nocturno del Zopilote. El delegado Benítez había perdido a su joven esposa hace unos años, debido a un ajuste de cuentas con algunos narcotraficantes que la secuestraron, y después de torturarla, violarla y demás “linduras”, la abandonaron en un lote baldío de la ciudad. El Zopilote esperaba conmover la buena voluntad del delegado haciendo pasar a Lola por una mujer que le recordara a la difunta.
Las hojas del portón se abrieron y permitieron el acceso al Marquis del Zopilote, quien continuó avanzando por una avenida adoquinada con grandes cipreses en la orilla: guardianes del paso hasta la vieja casona, donde los elementos de seguridad ya esperaban con atención a los invitados. No es necesario describir los detalles de la construcción ni la forma o estilo en que fue decorada. Basta con decir que el lujo en el que vivía el delegado, era más que mórbido y agobiante para aquellos a quienes las carencias les acosan todo el día sin descanso, y por la noche, durante sus pesadillas más agobiantes. Este era el caso de Lola, una puta que no tenía más posesión que la ropa que vestía y un par de maletas. Cada estancia que cruzaba significaba reprimir una maldición a su suerte y a su miserable existencia. Sin embargo, a pesar de la desagradable sensación que experimentaba, las bellas facciones de su rostro no se alteraron a excepción de un solo momento.
Lola y el Zopilote siguieron en silencio al mayordomo de la casa; éste los condujo a la estancia donde estaba preparada la reunión. Dentro de la habitación se encontraban cuatro “esculturas humanas”; enormes y grotescas; todos celosos de su oficio (la seguridad de su cliente), adornando las paredes y la salida a un jardín perfectamente cuidado, donde el delegado Benítez se jactaba de sus conocimientos culinarios y la destreza con la que manejaba los cuchillos, frente al cadáver aún sangrante de un jabalí de gran tamaño. Dos hombres le acompañaban el ego: su compadre Figueroa y su querido primo Lázaro. Ambos contemplaban con resignación el proceso de seccionar la carne que iría inmediatamente a la parrilla humeante junto a ellos. Fue en este momento que Lola se dio cuenta que ella sería la única representante de su género en la reunión.
Figueroa, que ya conocía al Zopilote, le hizo una seña al delegado y éste se olvidó de la carne para recibirlos con una amabilidad exagerada, como muchos de los comentarios que hacía.
—¡Miren qué tenemos aquí! Un ave de rapiña y una hermosa paloma mensajera. Llegan justo a tiempo para servir la cena. Espero les apetezca lo que mis chicos cazaron hoy por la tarde. ¡Primo! —Benítez se dio la vuelta— Ven, quiero que conozcas a nuestro nuevo socio y a nuestra invitada de honor…
Lázaro se acercó con arrogancia e ignorando al Zopilote, se dirigió Lola para saborearla de forma descarada.
—¡No chingues, primo! —dijo Lázaro— Hace rato que no veía a una vieja tan sabrosa. Nomas de verla ya se me puso dura.
—Te agradezco la comida, pero no entiendo a que te refieres con lo del nuevo socio —dijo el Zopilote dirigiéndose al delegado.
Benítez regresó por los cortes de carne y los puso en la parrilla. Detrás de él iba el Zopilote mientras el primo se quedó babeando con Lola. Figueroa no dijo nada, pero una extraña mirada se cruzó entre él y la puta, la cual le hizo sentir extraña; “avergonzada” hubiera dicho ahora de vieja, pero en ese entonces el orgullo le gritaba que se mostrara altiva y mientras Figueroa la observaba, ella lucía su cuerpo para el gusto de Lázaro. Benítez dijo:
—Mira Zopilote, no cabe duda que eres el chulo más cabrón que he conocido. Tienes un gusto pa’ las viejas que me dejó con la boca abierta al ver a esta figurita mover las nalgas cachondamente. Pero debo decirte que para los negocios importantes eres muy pendejo.
El Zopilote estaba mudo del coraje y sólo esperó a que Benítez continuara.
—Yo no puedo aparecer como dueño de un establecimiento nocturno de la delegación que controlo, mi compadre trabaja conmigo y también queda descartado, y tú… Tú no tienes lo que se necesita para atraer a los clientes de dólares. ¿O creías que te iba a financiar un putero de mierda para que te diviertas cogiendo como pinche pollo de granja? Sólo me interesa lo que deje billetes por montones y para esto se necesita una cabeza que piense, no una que puedas embarrar en un par de nalgas. ¿Me entendiste o tengo que volver a explicarlo?
El Zopilote asintió con la cabeza y decidió dejar que su anfitrión se divirtiera con Lola; al menos por esa noche.
—Ya está oscureciendo compadre, —dijo Figueroa— y se ve que no tarda en llover. ¿Qué te parece si comemos en la casa para estar más a gusto?
—¡Ay compadre! Qué maricón eres, pero tienes razón, quiero verle bien las nalgas a esta chamaca. Lázaro, trae esa belleza a la casa, y compadre: ya que está de hocicón, encárguese de que la comida no se nos enfríe en el trayecto.
El mayordomo del delegado improvisó un comedor en medio de la sala para que todos se sentaran en los sillones. Lola quedó en medio de Benítez y su primo, y frente a ellos el Zopilote, después de que Figueroa decidiera separarlo del delegado.
—Lo que me encanta es que con un comedor para dieciséis personas en la casa, estemos comiendo inclinados en la sala, sólo por cumplir el capricho de mi compadre —dijo Benítez.
—¿Si quieres nos cambiamos, compadre? Es mejor ahora antes de que se nos enfríe la comida.
—Si sólo te estoy molestando, compadre. Te pones más delicado que esta belleza —Benítez tomó una copa con vino e invitó a Lola a decir salud.
Pronto sirvieron la carne de la parrilla junto con una guarnición de vegetales y aderezos que el mismo delegado había preparado para la ocasión. Sus aspiraciones de chef no se remitían a un simple capricho. Benítez se recibió en la escuela más importante de gastronomía de la ciudad, pero su ambición de poder lo llevó a dejar su carrera y dedicarse a la política. Mientras comían, Benítez le preguntó a Lola:
—¿Sabes que es lo que estás comiendo, belleza?
Lola se sintió presionada por desconocer el tipo de carne que estaba masticando y dijo con voz dudosa:
—¿Es carne de puerco?
Lázaro soltó una risa de burla por la respuesta. Después Benítez la corrigió.
—No precisamente, belleza. Lo que estas comiendo es carne de un jabalí que mis chicos cazaron para que cenemos esta noche. La diferencia con la de cerdo es que ésta tiene menos grasa y es muy jugosa, aún más que un Ribeye o un Skirt de res.
 La incomodidad e ignorancia de Lola sobre el tema, se vio demasiado evidente, así que se limitó a decir que la cena estaba sabrosa y a comer moderadamente, debido a que en cualquier instante comenzaría su verdadero trabajo. Este detalle no pasó inadvertido para el delegado quien lo resaltó en su siguiente pregunta.
—Creo que no te ha gustado la carne, ¿no eres como las personas que dicen comer sólo pasto, verdad?
Lázaro se adelantó y contestó por Lola:
—Lo que pasa primo es que ella desea otro tipo de carne, una con más nervios y venas.
Lola no pudo contestar la pregunta. Lázaro le tomó de la nuca con una mano, y un instante más tarde, el miembro del primo ya se encontraba llenando la boca de la puta. Al fin su trabajo comenzaba, y por un momento pensó que era lo mejor que podía haber pasado, al menos en esos temas tenía suficiente experiencia.
—¿Cómo ves a este cabrón, compadre? Ni siquiera me dejó probar primero.
Figueroa se quedó en absoluto silencio, él sabía que toda la farsa de la comida era el preámbulo para llegar al sexo y a sus degeneradas fantasías.
 Lázaro ya se encontraba erecto y ansioso para penetrar con desesperación la boca de Lola, quien trató de aguantar la respiración lo más que podía y así tragar el grueso miembro que se asomaba a su garganta. El delegado preguntó:
—¿Traes calzones? Si los traes, quítatelos ahora mismo.
Lola no podía moverse mucho con la garganta atravesada por el primo, y prácticamente era imposible que pudiera contestar, así que se sacó los calzones como pudo y se los entregó a Benítez; éste, a su vez, se los dio al mayordomo quien salió corriendo con la prenda en mano. Lázaro gritó:
—¡Ahora sí, ya viene lo divertido…
La puta que estrenó al Zopilote se llamaba Hortensia. Ella cumplía sus cuarenta y cuatro años cuando el Zopilote la espiaba desde la azotea de la vecindad donde vivían. Tenía abultados pechos, aún firmes y de aureolas grandes, oscuras y granuladas; pezones grandes de botón y un par de piernas gruesas y bien torneadas que nacían de la selva tupida de su sexo. Hortensia sabía de las ganas que le tenía el chamaco, y un buen día cuando éste regresaba de la vendimia, lo llamó a su cuarto para probar su brío. Desde entonces el Zopilote demostró que tenía lo necesario para el trabajo, así que la puta lo entrenó con esmero y dedicación para convertirlo en el mejor de los padrotes.
Todos los martes, la ventana de Hortensia se quedaba abierta para que el Zopilote le aterrizara en medio de las piernas; arañándole las nalgas con sus garras, el pico devorando los senos y un trozo de carne y nervio rascando entre las cavernas de su cuerpo. La noche entera la pasaban cogiendo en todas las posiciones que la puta conocía y en cuanta forma nacía de la imaginación del muchacho, hasta que en una ocasión, durante un breve descanso, el Zopilote se quedó mirando las nalgas y el sexo de Hortensia, quien dormitaba boca abajo.
—¿Qué tanto miras?
—No lo sé, me gusta tu trasero. Podría mirarlo toda la noche.
—¿Tanto te gusta?
Hortensia se puso a gatas, con el pecho pegado a la cama para que el muchacho pudiera contemplara en todo su esplendor.
—Hay días en que no me lo puedo sacar de la cabeza, y nomas veo una vieja en la calle y ya te estoy soñando así como ahorita —dijo el Zopilote y lamió los labios de Hortensia.
—¿Imaginas que te coges a todas las que ves en la calle?
El Zopilote aún no reponía sus fuerzas, así que la tumbó de nuevo en la cama y ambos se enredaron de brazos y piernas.
—No pienso en nadie que no seas tú. Lo que pasa es que… Es como si estuvieras donde quiera que vaya. Antier por la tarde me encontré con Genaro. Traía su mula jalando el carro de fierro viejo, y más atrás, venía caminando su esposa. Le ayudé para amarrar una lavadora que había comprado y al voltear a ver el trasero del animal, me acordé de cómo te pones cuando cogemos, y de luego se me paró el fierro; sentí como se me hinchaba la cabeza. De no ser porque estaba Genaro, me hubiera cogido a la mula.
Hortensia lo miró con los ojos sobre abiertos y le dijo:
—¡Pinche chamaco loco! ¿A poco si te hubieras cogido a la yegua?
—¡No era yegua, era mula!, y no sé si me la hubiera cogido de adeveras (en verdad), pero a la que sí me hubiera chingado, era a la vieja del Genaro. No me quitaba la vista de la riata (pene), y hasta el mismo Genaro se la tuvo que llevar jalando.
—Hipócrita. No sale de la iglesia, pero apenas se chispa y ya se quiere comer todas las vergas que se encuentra. — dijo Hortensia mientras se recargaba en la cabecera para abrazar al Zopilote en su regazo.
—Realmente no importa si te coges a cada vieja que te ponga las nalgas, pero en lo que sí debes tener cuidado es en no andar pensando todo el día en culos ni fantasías chaqueteras (masturbaciones) o de lo contrario perderás el control, y si te apendejas, hasta la fuerza en el palo. Naciste cogelón mi’jo, eso no te lo voy a reprochar; nomas ten cuidado de que no seas tú a quien terminen atravesando.
El Zopilote recordó las palabras de su maestra al ver el rostro descompuesto del delegado mientras Lázaro le extirpaba las amígdalas a Lola. Era difícil saber qué le causaba más satisfacción: la cara de Lola cubierta de lágrimas por el ahogamiento o la forma en que el primo le metía y sacaba todo el miembro en la boca.
—¡Órale, compadre! Quítale los trapos y tírate esta pendeja como más te guste; nomas te encargo la parte que me a mí me toca…
Figueroa se mostraba indeciso de participar en la orgía; sin embargo, la idea de contradecir a su compadre le causaba una molestia mayor, y con una erección medio flácida, levantó el vestido de Lola y la penetró.
—¡Toda compadre, toda! —gritó Benítez.
El capricho del delegado no merecía mayor preocupación por parte de Lola. La fantasía era recurrente entre muchos de sus clientes, pero una sensación en el estomago le hizo sudar de los nervios. La agitación y el sabor desagradable del pene de Lázaro, le revolvieron el estomago y sin que pudiera evitarlo, Lola descargó todo el jabalí de la cena, sobre el mármol pulido del piso.
—¡Pero qué diablos! —gritó Benítez.
Lázaro se “cagaba de la risa” al escuchar los quejidos y la toz de Lola.
—¡Ten cuidado primo! No vaya a ser que quiera más carne y en una de esas te deja cachorro (castrado).
Figueroa ignoró las bromas y continuó hurgando con ansia en el interior de Lola. Entraba y salía como los pistones acelerados de un motor rugiendo. No le importaba que la puta se estuviera ahogando; él sólo quería terminar para tener un pretexto razonable con el cual pudiera evadir las locuras de su compadre. Sin embargo, la prisa de Figueroa alebrestó el deseo del delegado y éste se emparejó a su compadre jalando duro de su miembro con la mano.
—¡Así mero, compadre! ¡Cógete esta pinche puta sucia!
La emoción del delegado hizo mella en la concentración de Figueroa. Por más que apretaba los ojos y se imaginada a su amante, la violenta voz de su compadre le alejaba de la eyaculación y le frustraba el deseo. En su mente se atravesó la idea de fingir un orgasmo, pero la erección lo delataría y tampoco quería quedar como un marica. Retirarse no era opción, así que empujó a Lola sobre el sofá y lamió su trasero para excitarse de nuevo. La piel de Lola era tersa y su carne firme hasta el último de los rincones, su trasero en forma de corazón la hacían irresistible a cualquier hombre. Figueroa tenía sus propias manías para complacerse. Intentó quitarle el vestido para dejarla sólo con los zapatos puestos, pero al encontrase con el tatuaje de Lola, se quedó frío y pálido, más que flácido, como si estuviera muerto. Los testículos se le hicieron diminutos y su mirada, perdida por unos segundos, atravesó al Zopilote advirtiendo de una verdadera tragedia.
—¡No mames compadre! Los huevos se te fueron a la garganta y estás más doblado que la madre del Zopilote, ¿pues qué te pasó?
Durante el descubrimiento de Figueroa, Lázaro se sintió molesto por el olor del vómito. Salió al jardín por la tina con hielo donde guardaron las cervezas durante el día, y regresó para bañar a Lola con el agua helada. Los quejidos de la puta enloquecieron al delegado quien se olvidó de la situación de su compadre y con una prisa endemoniada, desgarró el ano de Lola y se aferró a sus senos como si quisiera hacerlos reventar. El dolor fue demasiado para ella, y no pudo contener los gritos que en vez de conmover a la bestia que la destrozaba, más la excitaba y continuaba entrando y saliendo de su cuerpo sangrante.
—¡Grita, cabrona! ¡Quiero que grites cuando te lo meta!
Benítez se había desquiciado y su primo se masturbaba mientras golpeaba el rostro de Lola con la mano abierta.
—¡Ya escuchaste a mi primo pedazo de mierda, grita más fuerte!
Figueroa se dio la vuelta y se dirigió hacia donde se encontraba el Zopilote. Le dijo en voz baja:
—Eres un hijo de tu puta madre. Si creíste que mi compadre te iba a aplaudir que le trajeras a una puta fingiendo ser como su esposa, ya te cargó la chingada. Y en verdad me vale madre si te saca las tripas, pero lo que le hará esa chica antes de matarla será por tu culpa, grandísimo pendejo.
El Zopilote tragaba la saliva más amarga de su vida, no por la situación de Lola, quien le suplicaba ayuda con la mirada sin que éste moviera un solo dedo para socorrerla. La molestia del Zopilote era por el error del que Figueroa le estaba advirtiendo. Fue demasiado ambicioso al poner el tatuaje sin averiguar profundamente los gustos y aberraciones de Benítez, y eso le podría costar perder todo el negocio, y en menos importancia para él, hasta la vida.
—¡Si me cagas el palo te cortaré las tetas, pequeña marrana! ¿Me oíste? —gritaba Benítez mientras se retorcía dentro del ano de Lola.
El delegado terminó vaciándose en poco tiempo; sin embargo, fue el turno de Lázaro de rematar el trabajo de la noche, y éste no hizo menos que su primo. Después de violarla, morderla y magullarla a su gusto, Lázaro le despojó del vestido. Por la prisa de calmar sus ansias ni él ni su primo se tomaron la molestia de retirarlo antes, pero a ambos les gustaba contemplar el resultado de su trabajo, y al verla completamente desnuda, Lázaro desfiguró su rostro con rabia por el recuerdo de su querida prima.
El delegado se limpiaba la sangre embarrada en su miembro, cuando vio a su primo derribar al Zopilote y reventarlo a puñetazos. Desconcertado por la situación, se tomó unos segundos para entender lo que había sucedido antes de ordenar a sus hombres que los separaran. Lola no tenía fuerza ni para moverse, así que se quedó recostada en el sofá, de lado y con la cabeza hacia abajo. Figueroa se emborrachaba con las botellas de Whisky y Coñac que habían preparado, y todo parecía “normal” con lo planeado. Sin llegar a la más remota idea de lo que enfureció a su rimo, los guardias levantaron a Lázaro y al Zopilote que tenía la cara ensangrentada por los golpes. Benítez preguntó:
—¿Oye cabrón, esta madriza es de puro gusto o qué demonios te pasa?
—Mírale bien el culo a la puta que trajo este pendejo. Después me dices si lo hice de gusto o no.
Benítez terminó de vestirse y después caminó hacia el sofá y dijo:
—Ponte en pie pequeña.
Lola no pudo moverse por el intenso dolor de la violación. El delegado comenzaba a molestarse y con fuerza la giró para ver su trasero. Ella se quejó apagadamente por el cansancio de su garganta, y después permaneció inmóvil como cadáver. El tatuaje de la Magdalena, con todo y el nombre, que el Calacas le hizo a Lola, quedó a pocos centímetros de la cara del delegado, pero en vez de una reacción explosiva de su parte; con toda la calma posible, se puso en pie y se acercó a su primo y le preguntó:
—¿Por un puto tatuaje le pusiste en la madre a este cabrón?
—No se trata sólo de un tatuaje, es el nombre de mi prima y este culero vino a reírse en nuestra...
—¡Ya sé que es el nombre de tu prima! —gritó Benítez para interrumpir a Lázaro— ¿Y eso qué? ¿Acaso no hay un chingo de viejas con ese nombre?
Lázaro se vistió y sacó una gorra de beisbol de una mochila que se estaba en uno de los sillones. Se acercó a Lola y la tomó por el cabello para ponerle la gorra y mostrarle su rostro a Benítez.
—No me vas a decir que no notas el parecido. No sé como lo hizo, pero estoy seguro que este pendejo sabía de mi prima y por eso trajo a esta pinche zorra para burlarse de nosotros.
El delegado miró a Lola fijamente y recapituló lo que había sucedido desde su llegada: la forma en que caminó por el jardín, la cena, el vestido elegante y también la forma en que su compadre perdió las ganas de coger.
—¿Tú sabías de esto, verdad? —le preguntó Benítez a su compadre.
—Me di cuenta hasta que vi el tatuaje, pero Lázaro la bañó con el agua de la tina y tú inmediatamente la montaste. Cuando estás así no escuchas a nadie y pensé que tú mismo te darías cuenta mientras la perforabas; antes de eso, no tenía idea de a quién iba a traer este pendejo.
Benítez ordenó que sentaran al Zopilote en una silla. Él mismo le limpió el rostro y le dio a beber un poco de agua para que pudiera hablar. Le preguntó:
—¿Cuánto pagaste por esta puta?
—No es mía— respondió el Zopilote para evitar ser descubierto.
—Eso quiere decir que alguien más te la recomendó para mí. ¿A quién le preguntaste de mis gustos?
—Nadie me la recomendó. Desde hace unos meses me encontré a esta puta en la fiesta de un cliente. Ella misma me presentó a su guapo (proxeneta) y le pedí que me la rentara para esta noche. Lo estuve investigando y es cuidadoso con sus putas. Tiene clientes importantes, por eso me arriesgué a traerla, pero no sabía que tenía un parecido con tu esposa.
—Te equivocas —contestó Benítez—. No se parecen en nada; mi esposa no era una puta. ¡Silverio!
El mayordomo de la casa entró en la habitación y en su rostro ya existía un gesto de repugnancia por lo que ocurría en las fiestas de su patrón.
—¿Ya comieron los muchachos? —preguntó el delegado.
—Sí, patrón, hace rato que están esperando. Usted me dice a quien traigo primero.
—Tráelos a todos.
—Pero patrón, la última vez…
Una mirada de Benítez bastó para callar al mayordomo y verlo abandonar la habitación. El delegado se acercó a Lola y dijo:
—Sabes, Zopilote, nunca he creído en las casualidades, aunque en ocasiones me he encontrado con Dios y con el diablo el mismo día.
Benítez tomó una toalla húmeda y limpió la sangre del cuerpo de Lola, Lázaro acercó una silla y entre los dos le ataron de brazos y piernas, con la cabeza sumida en el asiento y el trasero expuesto; apuntando hacia donde estaba el Zopilote. Lola no protestó hasta que el delegado le metió un dedo por la vagina, y por reflejo del dolor, ella trató de cerrar las piernas.
—¡Qué ironía, primo! —dijo Lázaro— Nunca había visto que una puta cierre el culo en medio del trabajo, pero no te preocupes primo; más le vale abrirlas o se las abrimos de nuevo con la palanca.
Silverio regresó acompañado de un peón y cuatro canes de la raza dogo argentino; todos ansiosos y agresivos hasta con el mismo Lázaro, quien mantuvo la distancia para no ser alcanzado por alguna de las mandíbulas.
En otra ocasión el Zopilote había presenciado la caza con esos perros, de un jabalí de más de 120 kg de peso y varias veces el tamaño de los mismos, por lo que sabía del daño que sus fauces podían hacer en un cuerpo humano. El miedo que sintió era inevitable y lo llevó a arrinconarse cerca del ventanal para salir corriendo de ser necesario.
—No seas maricón, Zopilote —dijo el delegado—. Por ahora mis muchachos se merecen algo mejor que tus pinches huesos podridos. Se llevaron una buena madriza en el día y necesitan divertirse un rato. Y en eso, nuestra amiga “Magdalena” nos va a ayudar, ¿no es así?
Lola había sufrido de abusos en toda su vida, su infancia fue un infierno, pero lo que estaba por vivir se encontraba a otro nivel de sufrimiento. Comenzó a llorar y pedir piedad al delegado, pero ya que esto era una práctica acostumbrada, las suplicas de la puta eran en vano. Benítez tomó al primer perro: Satanás; le dio a oler la ropa interior de Lola y después acercó el perro a su trasero tembloroso para excitarlo, pero Satanás se mostró completamente indiferente, lo cual no fue del agrado del delegado; sin embargo, en las manos de Silverio se retorcía el Torito: el perro más joven de la camada y el más animado por montar a Lola.
—Por piedad, no lo haga por favor… ¡No!
Las palabras de Lola se ahogaron entre gritos de horror desesperado. El Torito la montó como si se tratase de una perra en celo y seguido de él, entre mordidas y algunos golpes de Lázaro, Lola sintió el miembro hinchado del Jackson y el Sultán. La puta quedó más que destrozada y aún le faltaba uno: Satanás. Los demás perros se tranquilizaron después de su turno, pero Satanás se había arrinconado bajo la silla donde estaba el Zopilote y no daba indicios de querer tener algo con la puta de su dueño.
—¡Silverio! ¿Qué cabrones le pasa a Satanás? —preguntó el delegado.
—No lo sé patrón, desde ayer se comporta raro y casi no come. En la cacería casi destroza al jabalí, pero ahora no ha querido moverse mucho.
El delegado levantó la silla donde se escondía Satanás y al hacerlo, el perro casi le atrapa los testículos con una mordida. Definitivamente Satanás no estaba de humor para ser molestado y menos para complacer las desviaciones de su dueño; esto enfureció a Benítez, quien sin advertir el peligro latente, golpeó a su mascota directamente en la cara como castigo por su desobediencia. El resultado fue la ira descontrolada del perro, pues Satanás cargó en contra del delegado y de todos los presentes que intentaron acercarse para ayudarlo.
Un guardia sacó su arma y se dispuso a sacrificar al perro, pero gracias al entrenamiento de caza, Sultán, Jackson y Torito respondieron en su ayuda. Cuatro perros eran demasiado, aún para los dos guardaespaldas presentes. Lázaro, Silverio y el peón, salieron corriendo por la puerta hacia la entrada de la casona, mientras el Zopilote escapó al jardín como lo había planeado. Jackson mató a uno de los guardias con una mordida directa en el cuello y Satanás se encargó personalmente de Benítez, quien murió destrozado justo frente a la cara aterrada de Lola. El Torito alcanzó al Zopilote y en unas cuantas sacudidas de su poderoso cuello le destrozó el tobillo izquierdo.
Figueroa fue el más inteligente; se retiró al segundo piso de la casona y advirtió al resto de los guardias que se movilizaron para auxiliar a su patrón. Para la mala suerte de Benítez, la ayuda sólo sirvió para rescatar sus restos. Los perros no tenían intención de devorar a nadie, pero sabían que después de matar una presa debían salir corriendo por otra y ese era el caso del Zopilote quien se topó con Satanás antes de que pudiera saltar la verja que divide al jardín del estacionamiento. Satanás lo prendió del cuello y le arrancó la garganta de un mordisco. Al escuchar los primeros disparos de los demás guardias, los perros se escaparon y jamás se supo de ellos.
El peón que acompañaba a Silverio regresó a la habitación para desatar a Lola; obviamente lo iba a hacer después de haber disfrutado de su cuerpo por un buen rato, mientras todos los guardaespaldas buscaban a los perros. Poco le importó mezclarse con los fluidos de los cánidos, y menos le importó llenarse de excremento y sangre al penetrarla por el ano. Desde que comenzó a trabajar en la casona se la pasaba espiando y masturbándose con las violaciones de las prostitutas que el delegado llevaba.
—¡Hijo de tu puta madre! —gritó Silverio al encontrar a su subordinado violando a Lola— ¡No tienes piedad de lo que le hicieron a esta chamaca!
El peón sintió vergüenza y rabia por los reclamos del viejo, pero no tuvo tiempo de cobrarse pues Lázaro apareció de nuevo en la habitación con una escopeta en la mano. Al ver el cadáver sangrante de su primo, cortó cartucho y disparó en contra del peón, y después, disparó en contra del propio Silverio. No importaba si ellos tenían alguna responsabilidad en la muerte del delegado, lo único que Lázaro quería, era demostrar que no era un cobarde por salir corriendo en el ataque de los dogos.
Figueroa escuchó el disparo y temiendo que los perros regresaran, sacó un revólver de la oficina de su compadre y se encaminó a la habitación. Lázaro recogía el cuerpo de su primo cuando por accidente, miedo o venganza (nadie puede asegurarlo), fue confundido con uno de los perros y recibió dos disparos por la espalda. Figueroa se quedó atónito por lo que acababa de hacer; su mente intentaba una explicación para salir del lío en que se había metido, pero no podía pensar claramente y menos con la toz de Lola quien intentaba pedir ayuda. El compadre del delegado guardó el arma y desató a Lola, la llevó al sofá y la cubrió con su chaqueta. El gesto no pasó desapercibido para la puta quien por mero instinto pidió ayuda al verdugo de su torturador.
—Dispara a la lámpara con la escopeta. La habitación estaba oscura, y tú entraste y viste una mancha blanca tirando del cuerpo de tu compadre. Yo diré que el perro aún estaba en la habitación y tú dirás que Lázaro se atravesó por accidente al intentar huir del perro. Sólo ayúdame, no quiero morir.
—Después de lo que te hicimos, ¿crees que soy tan pendejo para confiar en ti? —preguntó Figueroa— Me entregarás a la primera oportunidad que tengas y yo tendré que mandar a matarte.
Lola se tomó un tiempo corto para pensar sus palabras. Después de todo sólo tenía una oportunidad para salir con vida de aquel lugar, y con una enorme dificultad dijo:
—No ha sido uno de mis mejores días, es cierto, pero hasta el momento en que te retiraste, todo iba bien. No eres un santo, pero tampoco eres igual que ellos; si fuera así, ya me habrías matado. No tengo rencor en tu contra y sólo tú puedes ayudarme a salir de aquí con vida. Ahora… tu compadre está muerto y el pinche primito también; me imagino que el grito maricón que se escuchó hace rato era del Zopilote. Bueno, los dos nos quedamos sin trabajo, pero yo tengo registrados los terrenos del negocio. Te necesito tanto como tú a mí, así que decide si me matas y te arriesgas a terminar como responsable de todo o le disparas a la maldita lámpara y compartimos lo que quede de esto.
Todo hombre tiene un punto débil, algo que lo hace dudar en el momento preciso en que su suerte lo abandona. Figueroa tenía el trabajo de deshacerse de las putas que desechaban, pero esto no lo sabía Lola. Una bala de más no hubiera significado ninguna diferencia en aquel día; sin embargo, Lola se parecía mucho a la difunta Magdalena, la amorosa amante que Figueroa perdió y lloró en silencio antes de convertirse en el ejecutor de Benítez; suficiente razón para pasar a Lola por muerta y sacarla en la cajuela del coche. Los meses siguientes fueron difíciles. Mientras Lola se recuperó en secreto de sus heridas, Figueroa casi pierde la vida a manos de la familia Benítez. Poco le faltó para ser castrado, pero después de mantenerse firme en los interrogatorios del hermano de Benítez, este le perdonó la muerte del mismo y de Láxaro, no sin antes realizarle una exhaustiva investigación que lo dejó prácticamente en la calle. En Enero del año siguiente, Lola y Figueroa dieron comienzo a su sociedad y retomaron los planes del Zopilote, con menos presupuesto obviamente, pero sin la presión de los posibles delatores que yacían todos bajo tierra.
Los secretos que se llevan hasta la tumba no siempre permanecen en el sepulcro. En el caso de Figueroa, este siempre pudo ocultar su amorío con la difunta Magdalena; aún a su nueva amante y administradora del negocio. Lola prestó el dinero que guardaba del Zopilote y así comenzaron una lucrativa y duradera amistad. Pero eso no importó a la hora en que los muertos del pasado de Lola se presentaron a reclamar lo que era suyo.
Ahora, de regreso al sótano oscuro del Bar de Lolita; la voz que se escuchaba afuera de la gruesa puerta, traspasó el corazón, la mente y el alma de la puta, quien reconoció al Zopilote como dueño indiscutible de la misma, y le decía:

—Magdalena… tienes algo que nos pertenece. 


Jorge López García
"El Malevólico"


La Madame

Dios creó el tiempo para medir la estupidez del hombre, para probar su voluntad y exponer sus defectos ante sus ojos, porque todo suceso o circunstancia en esta realidad, tiene un momento de ser y una caducidad inevitable. Para Lola, el deleitar a los hombres con el placer de su cuerpo, era un negocio que rindió sus frutos y pereció hace unos años, pero conservaba la agudeza en algunos de sus sentidos y la tenacidad de su voluntad para sobrevivir y mantener la única forma de vida que conoció desde pequeña: el negocio de la carne.
Viktor Nazky se presentó a la puerta del bar de Lolita e hizo una pregunta que no se quedaría sin respuesta, aunque tuviera que sacarla de los mismos cadáveres. El mercenario mestizo, que hacía las funciones de comandante de la región más conflictiva del imperio de Carrasco, no sabía de misericordia, aunque, como su familia lo acostumbraba; apreciaba los buenos modales y el trato refinado.
—Sus amigos fallecieron en un enfrentamiento justo afuera de mi bar, comandante. —dijo Lola— Desde el piso no pudimos apreciar lo que pasó, pero cuando se dejaron de escuchar las balas, les pedí a mis clientes que recogieran sus cuerpos del asfalto y los depositaran en la vecindad de atrás. Si los dejaba afuera, nadie se acercaría al bar, y como puede observar, necesitamos el dinero. Es una imprudencia, lo sé, pero de cualquier forma, todas las evidencias de lo que pasó en la balacera, se borrarían con la lluvia en cuestión de minutos, así que decidí correr el riesgo. La puerta no tiene llave, pero creo que no es necesaria para ustedes.
Una fiesta de luces rojas y pequeñas, invadieron completamente los cuerpos de los presentes. Vale se escondió detrás de Montoya, quien estaba junto a la Bestia, a unos pasos de las escaleras. El Manón limpiaba los vidrios debajo de la barra, cuando el laser de un rifle de asalto le cegó parcialmente la vista. Lola no dejaba de limpiar los vasos que habían quedado, y acomodaba algunas botellas medio vacías en la vitrina que Manón improvisó detrás de la barra.
—Agradezco la franqueza, señora. La verdad, me es más útil para trabajar de forma limpia; sin exceso de violencia, lo cual no es grato, aunque a veces necesario. Me veo obligado a preguntarle por los responsables de la muerte de mis amigos.
—¿Por qué no invita a pasar a sus hombres, comandante? —preguntó Lola— Esto es un bar y por ahora sólo encontrará bebida, si así lo desea. Las chicas están por llegar; en esta noche cualquier retraso es inevitable.
La cabeza de Nazky se movió ligeramente, y detrás de él, apareció uno de sus hombres a quien dio instrucción de revisar la vecindad y de reportarle lo que encontrará. El encapuchado se retiró y dio paso a una docena de soldados que comenzaron a ocupar las mesas del bar. Todos llevaban sus armas listas por cualquier imprevisto y sólo una patrulla se quedó frente a la entrada para evitar una emboscada. Mientras los soldados se acomodaban, Lola dijo:
—Val, tus clientes están esperando por ti; ya pagaron y merecen tus atenciones.
La hija de Lola se dio vuelta para retirarse con la Bestia y Montoya al piso de arriba, pero un soldado de Nazky les detuvo cortando cartucho. Lola se dirigió a Nazky y preguntó en tono de reclamo:
—¿Debo suponer que no podré trabajar esta noche, comandante?
—Por favor llámeme Viktor, madame. —contestó el comandante— El cargo se lo reservo a mis subordinados. Deja que se marchen, González; esta noche no se deben desperdiciar las municiones, pero les pediré que bajen en cuanto terminen sus necesidades. La señorita tiene mucho trabajo esperando por ella.
  Montoya tomó a Val del brazo y subieron las escaleras. Detrás de ellos subió la Bestia; todos en completo silencio y sin voltear la mirada. Sabían que sólo se necesitaba un pretexto para que la sangre corriera y ellos estaban en desventaja. A pesar de lo que se puede ver en las películas, sería un suicidio enfrentar a un escuadrón con tantas armas. Así que esperarían junto con la Tranca y Dalton en la segunda planta, aguardando el momento preciso…
—Espero su respuesta, madame. —Dijo Nazky— ¿Quién mató a mis hombres?
Si algo sabía hacer Nazky con gran destreza, era interrogar a los prisioneros. Su habilidad lo había hecho famoso en las agencias de inteligencia extranjera, pero tuvo un error que le consiguió la promoción para trabajar con Carrasco. El bastardo degolló al hijo de un general del ejército del norte, mientras le hacía un interrogatorio por el supuesto lavado de dinero de su padre para apoyar a narcotraficantes contrarios. El muchacho le escupió el rostro y eso lo hizo enfurecer sin pensar en las consecuencias que le acarrearía tomar su miserable vida. Sólo Carrasco pudo conseguir que su cabeza no rodara junto con sus pelotas, pero estaba completamente bajo su yugo e imposibilitado para salir de la ciudad. Por ahora, el trato con Lola era de lo más tenue (por decirlo de alguna forma), y se mantendría así siempre y cuando Nazky se sintiera complacido por la tabernera.
—Cuando salimos a la calle, encontramos un vehículo blindado que hicieron volar con un lanzacohetes, —Lola comenzó a relatar con una tranquilidad propia de su experiencia— y frente a él estaba el carro de sus hombres; uno de ellos tenía el cuello abierto y del otro lado de la acera, encontramos pedazos de cuerpos regados por todas partes; había dos zapatos diferentes, por lo que supongo que se trataba de dos personas más. La puerta trasera de la camioneta blindada, estaba abierta y no había rastro de personas vivas, sólo los cadáveres de dos muchachos y una chica, permanecían tirados en el asfalto. La mujer tenía algo incrustado en su cabeza y sus compañeros estaban medio rostizados. No puedo decirle quien mató a sus soldados, pero puedo asegurarle que si estaban dentro de la camioneta blindada, no quedaron en buenas condiciones. Eso fue hace más de una hora; no creo que se pueda ir muy lejos con esta lluvia y sin un coche.
La puerta del bar se abrió de nuevo y en ella se aparecieron los hombres que fueron a revisar la vecindad. Uno de ellos se acercó a Nazky y le reportó lo que encontraron. Al parecer todo coincidía con el relato de Lola. Esa vieja puta mantenía su memoria en perfectas condiciones, y si lo deseaba podía recordar a cuanto cabrón se había cogido con verdaderas ganas. Después de darle nuevas instrucciones a sus hombres, y que estos salieran del bar, Nazky retomó el interrogatorio con algo de indiferencia y dijo:
—Esta noche se está volviendo más que incomoda, madame. Demasiado trabajo genera un estrés insoportable que nos va enfermando poco a poco hasta matarnos; ese sí es un enemigo infranqueable.
Nazky escudriñó toda la taberna y terminó diciendo:
—Quiero creerle, madame; es más…  Estoy convencido de que es completamente honesta conmigo, y sabe; hoy en día es difícil encontrar personas con esa cualidad. La mentira siempre precede a la traición, y esa es una falta imperdonable que merece una recompensa más severa que la propia muerte. Sin embargo, la lealtad también debe ser remunerada, así que debido a que encuentro agradable su hospitalidad y me siento a gusto con su persona; voy a devolver sus atenciones para con mis hombres de la misma forma.
Lola no mostraba perturbación alguna en su rostro, aunque sabía perfectamente que el momento crítico se acercaba, y además de la presión de Nazky, no tenía idea de que haría la Tranca y los otros, que ya deberían estar preparados para repartir inyecciones de plomo. Los soldados de Nazky volvieron con tres bolsas negras que escurrían sangre, y las colocaron sobre las mesas que sirvieron de plancha. Nazky dijo:
—Siguiendo una “corazonada”, mis hombres y yo nos dirigimos hacia este lugar, y no muy lejos de aquí, nos encontramos con los cuerpos sin vida de tres desafortunadas jóvenes o mejor dicho: encontramos lo que quedó de ellas.
Nazky abrió las bolsas y dentro de ellas aparecieron los cuerpos mutilados de tres mujeres desnudas. Sus ojos habían sido extirpados al igual que sus lenguas y quijadas, pero eso no era todo. Cada mujer tenía los senos cortados y el vientre desgarrado, por donde se podía observar que sus entrañas habían sido removidas. Las piernas y las nalgas tenían huellas de mordidas profundas, que incluyeron la mutilación del ano y los genitales. Todos los dedos de los pies y ambas manos, habían sido arrancados por la fuerza; parecía que los hubieran trozado con unas pinzas. Las orejas fueron arrancadas y una de ellas tenía un corte profundo a lo largo de la espalda.
Lola reconoció de inmediato los cuerpos de sus trabajadoras, y en un increíble esfuerzo por contener su rabia, salió de la barra y cubrió los restos que permanecieron sobre las mesas. Nazky no dejaba de observar fijamente el rostro de Lola. En su mente enferma y desquiciada, se jactaba de reconocer la mentira en la mirada de dolor de las personas. Sin embargo, en Lola sólo encontró una puta afligida por perder su valiosa mercancía.
—Debo agradecerle, Viktor, que trajera los restos de mis muchachas. Ya de por sí es molesto enterarse de que se necesitará invertir de nuevo en la mercancía, pero es demasiado frustrante pensar que se marcharon como viles ratas malagradecidas. Desafortunadamente, ahora ya no puedo ofrecerle un servicio a sus hombres, tal y como se merecen. La chica que me queda no será suficiente y preferiría no prescindir de sus servicios por el momento.
Nazky comenzó a notar sospechosa la frialdad de Lola ante la sorpresa que le había preparado. Buscaba el más leve indicio para llevar a otro nivel el interrogatorio sobre los clientes y el lugar, pero la vieja puta, mañosa desde nacimiento, se metió detrás de la barra, sacó una veladora que colocó a un lado de las bolsas con los cadáveres y comenzó a decir una oración por las difuntas. Los hombres de Nazky y él mismo, sintieron la necesidad de guardar silencio mientras la tabernera terminaba con su rezo. El momento fue lo suficientemente emotivo como para desviar la atención de Nazky y decidir una primera retirada, para hacer un reconocimiento de la zona en busca de los sobrevivientes de la camioneta blindada; no sin antes pedirle a Lola que nadie dentro del bar, intentase abandonar el local o sus soldados podrían confundirlos entre tanta lluvia.
—Será mejor continuar con nuestro camino, madame. —dijo Nazky— Aún queda mucho trabajo por hacer, y no dudo que esta misma noche venga a pedirle una copa para adelgazar la saliva y recuperar el calor en el cuerpo.
Nazky y sus hombres se perdieron detrás de la cortina de agua que azotaba la calle. Y al mismo tiempo, la Jarocha bajaba las escaleras, seguida de Val, Montoya y los demás, quienes habían escuchado toda la conversación y permanecían curiosos por contemplar los cuerpos que yacían sobre las mesas. Lola perdió el habla y no encontró el valor para mirar a los ojos a la Jarocha, que con la respiración agitada y los dientes rechinando de incertidumbre, caminó poco a poco hasta llegar a las bolsas donde se detuvo antes de abrirlas. Tragó saliva; la más amarga de toda su vida, y con el nombre de su madre en los labios como señal de auxilio, deslizó el primer cierre y se enfrentó a su miedo más profundo.
El horror del despiadado crimen se coló por los ojos incrédulos de la Jarocha, desfigurando la piel de su bello rostro con un gesto de aberración y agonía, y se transformó en rabia desmedida que le hirvió toda la sangre, como si el espanto tratara de calcinarle desde adentro. Al menos así lo sintió al ver los cadáveres de sus dos amigas: Tífanny y Carolina, encima del cuerpo más pequeño de los tres; el que tenía el corte en la espalda atravesando un tatuaje con forma de corazón, cerca del hombro derecho, y que decía: Por siempre Josefina.
La Jarocha comenzó a temblar con desesperación, y conmocionada y aún privada del llanto por la impresión, consiguió asir el cuerpo de su pequeña para abrazarlo. La intención era buena, pero el resultado fue devastador para ella. Lo que horas antes era el dulce rostro de Josefina Solano —la hija adoptiva de la Jarocha—, ahora era sólo una máscara incompleta de piel por donde las fosas del cráneo se asomaban desvergonzadas y los restos de las mejillas colgaban en tiras de carne sangrante que se abrieron al momento en que la Jarocha volteó el cuerpo; quedando expuesta la base del cráneo  y todo el cuello destrozado de Josefina.
La garganta de la Margarita se desgarró en un intenso alarido que, a juzgar por su fuerza, debió espantar a los propios ángeles, y al mismo tiempo, dibujar una sonrisa en la cara del diablo. Su llanto lastimero se mezcló con la tormenta y por interminables segundos, fue el único sonido dentro del bar, aunque esto no significa que los presentes tuvieran compasión por la tragedia de la puta. La única señal de misericordia provino de la Bestia, quien se acercó despacio, cortando el cartucho de su “nueve milímetros” para colocarla justo en la cabeza de la Jarocha.
  ¿Quién de los presentes podría juzgar esa acción? ¿No sería mejor terminar con el dolor de la pobre desgraciada? Imagínense parados frente a la escena: La Jarocha era una mujer de baja estatura, pero de complexión atlética y formas pronunciadas, sus brazos eran fuertes como sus piernas, marcadas por todo el trabajo de día, y aunque no se pueda creer, más por el de las noches. Y a pesar de eso, mientras se lamentaba su suerte, la Jarocha se redujo a una piltrafa humana que no paraba de gritar y aterrorizarse cada que una parte de la carne de su única hija: su razón de vivir, se desprendía en pedazos por la forma en que la habían masacrado. Profundo es el dolor de perder a un padre, una madre o un hermano, pero el perder a un hijo por quien velas con tu maldito trasero para que no perezca en el mismo mundo que a diario intenta verte comer mierda de perro, por debajo de cada bota que te retuerce el cuello y te exprime la voluntad y los sueños; eso es una pérdida de tiempo, y así lo pensaban todos los testigos que no hicieron nada por detener a la Bestia mientras se colocaba en posición para ejecutar a la Jarocha. Sin embargo, una mano fría y huesuda detuvo al hombre de ejercer su cuestionable misericordia.
Lola no abrió el hocico para nada, ni siquiera soltó una lágrima de tristeza o empatía por la muerte de su ahijada, pero tuvo a bien detener a su verdugo y con un gesto le pidió que se retirara. La vieja puta tenía fuerzas de sobra para levantar a la Jarocha y llevarla hasta la mesa del fondo donde la abrazó con alguna especie de ternura maternal —la cual, no la tragó nadie de los que la conocían— para que terminara de llorarle a su hija. Por su parte, Manón cerró de nuevo las bolsas y las llevó una a una al patio de la vecindad, donde comenzó a cavar en una jardinera que serviría de sepulcro. La tierra estaba suelta aunque pesada por tanta lluvia, así que necesitó la ayuda de Montoya y del propio Dalton para terminar pronto. El mulato, amigo de todas las prostitutas del congal, hacía las veces de padre desnaturalizado con cada una de ellas, pues además de cuidarlas de los clientes, también se regocijaba entre las piernas de las chicas, claro; cada que Lola se descuidaba, por lo que enterrarlas él mismo, no era un trabajo agradable, pero sí inevitable.
Val se acercó a su madre y le entregó un par de pastillas y un trago de licor que pusieron a dormir a la Jarocha en cuestión de minutos. La Tranca la subió a una de las recamaras y cuando bajó se encontró a Lola hablando con Barajas, y le decía:
—No te conozco y no tengo nada en tu contra, pero entiende una cosa: Yo soy la única que puede decidir cuando me deshago de mis putas, y si vuelves a intentar ponerle plomo a alguna de ellas, te cortaré las pelotas y haré que te las tragues antes de volarte la tapa de los sesos, ¿entendiste?
La Bestia no respondió a la agresión de Lola, no se molestó ni en mirarla, pero se volvió a su mesa y bebió un poco de aguardiente que le habían servido antes de que llegara Nazky. Eran demasiadas cosas qué entender; demasiados “accidentes” y aún no era ni la media noche.
—¿Mucho pinche amor no, Lola? —dijo la Tranca para romper la tensión entre la Bestia y ella— Ahora resulta que te preocupas por todas tus putitas… Sabes, Lola; esto ya no es divertido, y ver tanta sangre desparramada me está despertando el chingado gusanito.
—Pues allá tú sabrás que haces para rascarte el culo —contestó Lola—, pero aquí no te permitiré alguna de tus pendejadas. Ya tengo suficiente con haber perdido a estas pendejas y sólo me quedan tres más para levantar el changarro, así que no me estés chingando y ya te estás largando si no vas a controlarte.
La Tranca se asomó por una rendija entre las tablas que cubrían las ventanas y mientras escudriñaba la calle dijo:
—No mientas, cabrona. Tú no piensas esconder a esas chamacas del carro blindado, nomás por pura nobleza. Las quieres poner a vender el culo a cambio de mantenerlas ocultas y si no me equivoco, tienes pensado hacer otro tanto con ese par de tarados que las acompañaban. Sin embargo, se te olvida que desde ayer esta ciudad comenzó a destruirse, y cuando todo esto termine, los que sobrevivan no tendrán con qué pagarte por una cogida; sí es que alguien queda vivo, ¡vieja pendeja!
Lola sacó el cuchillo que guarda por debajo de la barra y le mostró su atinado filo al ojo derecho de la Tranca, que no supo ni como le hizo la vieja para alcanzarlo en tan poco tiempo.
—La prisión te volvió muy hocicón, pinche Tranca, y esta noche me está volviendo demasiado impaciente; así que vamos haciendo cuentas si es lo que quieres, y después te sacas a chingar a tu madre.
—¿Así tratas a tus viejos amigos, Lola?
—Yo no tengo amigos ni tú sabes lo que significa ser uno, no te hagas pendejo. Llevas horas aquí metido, esperando y parando la pinche oreja; y sabes… ya me estás oliendo a muerto: ¿Qué es lo que quieres, cabrón?
No era la primera vez que Lola amenazaba a la Tranca de esa forma, por lo que la acción no lo sorprendió ni un poco, pero en algo tenía razón la vieja, y era que Casto Becerra no estaba ahí por la tormenta y tampoco para hacerle una visita de cortesía y festejar su liberación. Montoya los interrumpió al entrar por la puerta trasera y con un grito desesperado dijo:
—¡Apaguen las velas! Los hombres de Carrasco vienen de nuevo y parece que se están enfrentando a tiros con alguien.
Una fuerte explosión sorprendió a todos en el bar, en el patio de la vecindad y en el segundo piso. La lluvia de plomo cayó sobre la fachada del edificio haciendo que todos se fueran al suelo por segunda vez. El problema no era con Lola, pero el enfrentamiento de los hombres de Carrasco los había llevado de regreso a la misma calle. Los gritos de Val, que se encontraba cuidando a la Jarocha, se hicieron escuchar desde la planta alta, y para mala suerte de Lola, su pendeja hija tenía pulmones de sirena de ambulancia; si no la callaban los delataría a todos en un segundo.
—¡Montoya! —gritó Lola— Calla a esa pendeja o va a hacer que nos maten a todos.
Mientras el traficante subía por su novia, Dalton y Manón entraron por la puerta trasera y la atrancaron con un viejo refrigerador, junto a la puerta de los baños. El negro se acercó a su dueña para avisarle lo que había observado; su rostro se encontraba descompuesto y repleto de miedo.
—¡Debemos escondernos… —dijo con voz temblorosa— los están masacrando a todos!
Manón lloraba de angustia y de miedo, como nunca antes lo había hecho; pues fue el primero en observar lo que sucedía en la calle y después de avisarle a Montoya se quedó un poco más de tiempo para atrancar la puerta con el coche de los narcos. Lola sabía que no era fácil que alguien o algo, pudiera asustar así a Manón, y sin pensarlo dos veces le siguió hacia el sótano donde se podían refugiar por unos días sin tener que salir y exponerse. Dalton no perdió el tiempo y bajó a la Jarocha que aún se encontraba inconsciente por las pastillas. Detrás de ellos venían Val, Montoya y los jóvenes que habían permanecido escondidos en uno de los cuartos.
Después de atrancar la puerta del sótano, pasaron pocos segundos para que se dejaran de escuchar detonaciones. Sólo los sollozos de Val se escapaban a las manos de Montoya y se confundían con la respiración de los demás. Lola parecía inmutable a primera vista pues confiaba en que la puerta especial que mandó a hacer para el sótano, aguantaría cualquier impacto; incluso el sótano había quedado reforzado para soportar el derrumbe del edificio; sin embargo, un extraño presentimiento le había reforzado las arrugas de su rostro demacrado. Minutos más tarde se escucharon unas pisadas entrando al bar, las mesas fueron arrastradas y rechinaron para avisarles que alguien se acercaba a las escaleras, pero no se escuchó que subieran por ellas.
—Magdalena...
Una voz gruesa y macabra se infiltró entre las juntas de la puerta del sótano y el marco. Mencionaba un nombre ajeno a todos los presentes y se repitió un par de veces más, seguida de una risa que les provocó escalofríos a todas las mujeres.

—Magdalena… tienes algo que nos pertenece.


Jorge López García
"El Malevólico"