viernes, 4 de abril de 2014

La nueva Sodoma

La historia comienza con el Dios de los hombres destrozando los cielos durante una interminable tormenta. Su cólera arrasa las montañas, inunda la ciudad y obliga a los ratones a esconderse, aterrados por su ignorancia y desobediencia. Algunos se atreven a pronunciar oraciones, mientras agonizan en las calles oscuras. Las mujeres son desechadas en cuestión de minutos, sin mayor utilidad que sus sexos sangrantes y los gritos para alimentar a los demonios viajeros. La felicidad se convirtió en una historia de terror para los pequeños bastardos que se retuercen de hambre entre la basura y el excremento.
Torretas azules se infiltran en la grieta de El bar de Lolita, un viejo burdel en las orillas de la ciudad; incendiado la noche anterior, en el instante preciso en que el arcángel de la destrucción piso las calles del centro. Se quemó la mayor parte del lugar y no hay una sola habitación que se pueda utilizar cómodamente para retozar entre las piernas de alguna zorra, pero parece que los clientes lo siguen frecuentando, y por esto mismo, la dueña lo sigue atendiendo. Dolores Stevens: la descendiente roída de la mítica Magdalena; ahora vieja y de carnes colgadas, la más usada de todas las putas de la ciudad y la más desafortunada por no haber fallecido antes de que llegara este día, es el alma “misericordiosa” que acoge a propios y extraños en su congal. Es una estúpida ironía que este putero sea el último lugar donde se puede encontrar refugio en esta noche, pero parece que es más de lo que sus clientes necesitan.
—Es la casa del señor la que ha sido profanada, desde aquí se ven las llamas —decía Bautista Mancero alias el Manón, el carnicero de Lolita; un negro de proporciones satisfactorias para las entrañas de la dama y su único protector desde que llegó a la ciudad.
—Deja de espiar por la maldita azotea, cabrón. —Contestó Lola— ¿No piensas que te pueden volar la cabeza de un tiro? Anda déjate de pendejadas y ayúdame a sacar los barriles de cerveza del sótano, con suerte y no se pudrieron en el incendio.
Bautista se perdió en la oscuridad de las escaleras hacia el sótano. En la barra se encontraba Lola y un par de ratas que bebían algo de lo que se había rescatado; en las mesas sólo tres hombres silenciosos y de facha reservada, se contenían de participar en la charla. Todos estaban empapados por la lluvia y, en cierta forma, ansiosos de sacar algún provecho del río revuelto por el caprichoso destino. Sin embargo, la incertidumbre de lo que sucedía en las calles los detenía de comenzar sus negocios y placeres.
—Debes estar pendeja si crees que sólo beberé tu porquería de cerveza —se escuchó una voz desde la mesa frente a la ventana.
El hombre que hablaba era Casto Becerra, un presidiario que alcanzó la libertad después de hacer un “trabajo” para el rector del reclusorio donde purgaba veinticinco años de condena por violación, tortura y asesinato de una menor. A pesar de los diez años dentro del tambo, nunca fue agredido ni acosado por su crimen. La Tranca —como le apodaban— no era un tipo fácil de someter y su reputación de sádico era más que suficiente para alejar a sus compañeros del penal.
—Si eres tan cabrón como dicen, ¿por qué no sales a conseguir lo que quieres meterte esta noche y de paso te pago por un viaje de mata ratas, que tanta falta nos hace?
La Tranca se rió a carcajadas y después dijo:
—Chinga tu madre, pinche Lola… sigues tan bromista como cuando me la chupabas.
Esta noche además de fatídica, era de varios encuentros; algunos nostálgicos y otros desafortunados, pero nada era circunstancial ni casualidad en aquel burdel. La campana de la puerta terminó con la risa de la Tranca, y todos los presentes permanecieron en silencio, con las manos sobre sus propios orgullos; atisbando la necesidad de usarlos por si ocurría algún inconveniente. Esto sucedía cada vez que alguien se presentaba exigiendo algo con que calmar el susto.
—Oye Lola, —dijo el recién llegado casi a gritos— sírveme un trago y deja la botella. Después de lo que vi, necesitaré ponerme hasta la madre para no vomitar de nuevo.
Lola le llevó un pocillo con una bebida amarilla y espumosa, y dijo:
—Es todo lo que hay, mamón. Ahora dime que chingados viste y no te andes con rodeos que me caga que siempre terminas con una pendejada.
Montoya Domínguez miró su bebida y la olió con desagrado. Él era el contrabandista más solicitado del distrito donde se encontraban, y estaba acostumbrado a conseguir los mejores deleites del paladar y de los genitales; sin embargo, era tanta su angustia, que bebió de un trago toda su cerveza y reclamó:
—Esto sabe a puros miados Lola… ¿y que no tienes un jodido vaso? Ni creas que te voy a pagar por esta chingadera.
—Son miados pinche chaparro y si no te gusta tu vaso, ven y tómalos de mi verija.
El comentario de Lola fue suficiente para que Montoya olvidara su reclamo, y en seguida se apresuró a contar en voz alta lo que había visto. Desde la primera palabra ya tenía la atención de todos y eso le fascinaba. Sus movimientos eran como los de un actor en escena, y los gestos le daban un tono más real a lo que contaba. Si no hubiera comenzado a vender cosas robadas cuando estaba en la escuela, seguro se hubiera convertido en un maricón de cine.
—El diablo se tragó las entrañas del señor cura; —así comenzó Montoya para asustar a los presentes— yo lo vi con mis propios ojos, señores. Iba camino a buscar unos clientes cuando al cruzar la calle de la iglesia, alcancé a ver dos personas que discutían en el atrio. Yo no acostumbro a escuchar conversaciones ajenas, aclaro, pero me llamó la atención que el padrecito estuviera arrodillado junto a ellos. Tenía sus manitas juntas y seguro que le rogaba al cielo por su trasero. Entonces quise acercarme para escuchar lo que decían, pero sólo llegué hasta el árbol que se encuentra dos casas antes de la iglesia, y entonces, uno de ellos alzó al padre mientras el otro lo clavaba a la cruz de piedra. Casi me cago de la risa, digo, no es que yo sea un hereje, siempre cargo mi medallita de San Judas, pero es que me pareció tan mamón que esos cabrones le cumplieran el capricho al curita, pero… bueno, eso no fue lo que me hizo vomitar. Apenas lo terminaron de colgar y el tipo más grande le cortó la barriga con un enorme cuchillo, y le sacó las tripas mientras el curita gritaba horrendamente de desesperación. Después, ambos comenzaron a comerse los intestinos con todo y caca… maldición…
Montoya no pudo contenerse y vomitó a un lado de la barra.
—¡Hijo de tu puta madre! —gritó Lola— No te basta con lo jodido que está este lugar, además tienes que vomitar y desperdiciar la cerveza. ¡Manón! ¿Dónde chingados andas, negro cabrón? ¡Mira el regalo que te dejó este pendejo!
A pesar del hedor que se esparció por todo el lugar, nadie además de Lola dijo una sola palabra. Cada uno de los presentes deducía lo que sucedía en las calles, según lo que habían escuchado: rumores sobre un golpe de estado, una guerra entre narcotraficantes o incluso el día del juicio final; sin embargo, nadie comentaba el tema, lo que debían esperar o lo que podían hacer al respecto. Sólo Lola se animó a decir:
—Lo siento por el padrecito, pero no me extraña. A ese cura yo me lo cogí en varias ocasiones y no era ningún santo, pero sí la tenía bastante gruesa; esos pendejos se comieron la peor parte.
Las dos ratas malolientes que estaban en la barra, se miraron el uno al otro y después de pagar su trago decidieron salir del bar sin decir una palabra. Cuando Lola recogió la plata de sus tragos, la Tranca le preguntó por los ausentes.
—Dime pinche Lola: ¿quiénes son ese par de orejones que salieron?
Lola aún seguía encabronada por el vómito de Montoya y este se fue a sentar cerca de la puerta para respirar algo de aire y evitar la boca santa de la tabernera.
—¿Te parezco un cuentito para limpiarte el culo, cabrón? La información cuesta aunque sólo sea para que se te quite la curiosidad. Mejor dime: ¿de cuándo acá te gusta coger putitos?
La sonrisa de Lola invitó a la Tranca a buscar su billetera. El dinero nunca es problema para los clientes del bar, si están ahí es porque lo tienen, pues Lola siempre se encarga de que así lo entiendan. Un par de billetes medianos fueron a dar al chichero de la vieja, y al mismo tiempo su boca comenzó a aflojar todo lo que guardaba.
—Pasaste mucho tiempo encerrado, Tranca, y aquí las cosas cambiaron de manos. A este lado de la ciudad se dejó venir un grupo de narcos; todos muy hijos de la chingada y sanguinarios. En poco tiempo tomaron el control, asesinando a rebaños enteros de los locales. Mataban todo lo que les parecía competencia y a las mujeres las vendían al extranjero para hacer películas de esas donde las destripan vivas. Esto se volvió un desmadre y hasta tuve que cerrar el bar un tiempo; ya ni los polis se aparecían por miedo a que les colgaran de los huevos.
De nuevo la atención de todos los presentes se centró en una sola persona, y poco a poco se iba develando un panorama más certero de lo que sucedía en las calles, durante la tormenta.
—Ese par de pendejos, son lame huevos de un wey llamado “Carrasco”. Él es el jefe de los narcos que terminaron de ponerle en la madre al barrio, y a toda la ciudad, porque Carrasco es muy amigo del alcalde. Así que si alguien sabe que jodidos pasa afuera, deben ser ellos, pero se te acaban de ir, pinche Tranquita.
Lola soltó una carcajada y continuó limpiando el bar. Hace años que logró poner su propio congal después de prostituirse en las calles y no iba a dejar que nadie le arruinara el negocio que tantos dolores de culo le había causado obtener.
La Tranca se olvidó por un momento de los ausentes y comenzó a echar un vistazo más detallado de los dos hombres que le acompañaban. El bar de Lolita era un local en forma de callejón, dos ventanas pequeñas y opacas estaban al frente del lugar, una de cada lado de la puerta de acceso, de ahí comenzaban las hileras de mesas viejas de metal que se encontraban con la barra de la cantina en un costado del congal. Después estaban las escaleras a los cuartos y al fondo de todo, un pasillo que conducía a los baños y a una puerta de emergencias que salía al patio de una vecindad abandonada.
Las mesas más cercanas a la barra las ocupaban dos hombres silenciosos que no abrían la boca más que para pedir cerveza, ambos altos y fornidos, pero prudentes y reservados en su vestimenta. Esto desconcertaba a la Tranca, pues no podía deducir de qué tipo de compañeros se trataba, pero esta noche no averiguaría las cosas de manera acostumbrada: golpeando y cortando rostros; esta noche la Tranca se portaba más cauteloso que de costumbre. Las pocas velas en el bar servían, además de iluminar el sitio, para no llamar mucho la atención de cuanta lacra se paseara por el rumbo. Esa noche no era buena para tener mucha gente en el bar, y por eso Lola lo mantenía casi en penumbras.
—Me puede dar otra cerveza, por favor. —dijo uno de los hombres, pero antes de que se la llevarán, una prolongada persecución en auto, terminó justo afuera del bar.
Dos vehículos se estamparon sobre las casas en la acera de enfrente, e inmediatamente comenzó una balacera que mandó a todos al piso. Uno de los coches era una camioneta blindada que pertenecía a un servicio de entrega de valores. Los tripulantes fueron emboscados, pero alcanzaron a escapar a base de disparos, y no tenían intención de abandonar su vehículo, pues a pesar de la lluvia de plomo que les amenazaba, las puertas no se abrieron hasta que los perseguidores hicieron explotar la parte inferior de la camioneta con un lanzacohetes barato y medio jodido. La explosión dejó a todos aturdidos, incluso las tablas en la ventana del bar se desprendieron y una de ellas golpeo a Lola en una pierna, dejándola profiriendo maldiciones. La Tranca estaba agazapado bajo la ventana, y fue el primero en hablar; más por ansiedad que por necesidad, y dijo:
—¡Maldita sea! Esas mierdas sí que se la toman en serio. Lo que cargan en esa camioneta debe valer una fortuna.
Dicho esto, los otros dos clientes del bar sacaron sus armas y se dirigieron a la salida, pero la Tranca les cerró el paso y les propuso trabajar juntos para repartir las ganancias en partes iguales. Ninguno aceptó, y entonces él ex convicto saltó por la ventana y se fue corriendo a donde estaba el tipo que cargaba el lanzacohetes. La poca visión que se tiene al cargar un arma de esas, fue la causa de que el tirador no se diera cuenta de quién le cercenó el cuello con una filosa navaja, y por reflejo de los músculos de su mano, apretó el gatillo en dirección de sus compañeros, haciéndolos volar en pedazos por todo el asfalto. La Tranca corrió por una de las armas que quedó tirada en el suelo, pero antes de asirla, Dalton Many, uno de los clientes que se negó a compartir el botín, ya le estaba presentando el enorme cañón de su pistola en medio de las cejas. El otro cliente: Salvador Barajas, se dirigió al carro blindado y tocó la puerta, pero nadie contestó debido a la primera explosión, así que se arriesgó a abrir la puerta del conductor, donde encontró el cadáver de dos muchachos no mayores de veinte años.
Segundos después, la puerta del compartimento de carga se abrió y salió una chica que caminó unos cuantos metros con dificultad, para después desplomase a causa de un fragmento de metal incrustado en la parte trasera de su cabeza; también había muerto. Detrás de ella salieron dos mujeres más; en total eran siete los tripulantes del carro blindado, de los cuales sobrevivieron sólo cuatro: dos hombres y dos mujeres; todos demasiado jóvenes y de apariencia acomodada. Dentro del compartimento sólo encontraron armas, ropa, restos de comida y una bolsa de dinero nada despreciable, pero sí muy poco como para arriesgar la vida de esa forma.
—Debemos desaparecer los autos y los cadáveres antes de que vengan a buscarlos —dijo Dalton y los demás le ayudaron sin pensarlo dos veces.
La fuerte lluvia ayudó a apagar la lumbre de los coches, y Manón llegó con un auto y unas cadenas para arrastrar los escombros hacia la vecindad junto al bar, donde también depositaron los cadáveres. Lola ayudó llevándose todo lo que consideró valioso, incluyendo a los sobrevivientes de la balacera y comenzó a reparar las ventanas. Sólo quedaron los cristales esparcidos por toda la calle, pero debido al incendio de la noche anterior y en general a la apariencia del barrio, todo parecía dentro de lo normal.
Dentro del bar todos permanecían callados; esperando el momento en que fueran a buscar los autos, pero el tiempo transcurría y los ánimos se desesperaban. La Tranca fue la primera en romper el silencio y se dirigió a Lola que regresaba de acomodar a los jóvenes en una de las habitaciones.
—¡Oye, vieja putona! Dime si ya terminaste de acomodar la mercancía. Hace tiempo que no he disfrutado de una buena cogida y creo que estoy de suerte. No creo que esas putitas todavía sean virgencitas, pero apuesto que su culito aprieta bien sabroso.
Lola se dolía de la pierna y por el momento no se encontraba para dar explicaciones, así que ignoró a la Tranca, le dio un trago a una botella de Whisky y le dijo a Manón:
—Ya estoy muy vieja para soportar pendejos, mi negro; así que te voy a pedir un favor: Si ves que ese cabrón se acerca a esas niñas, córtale su mierda de pajarito y se lo metes en el culo; ¿quieres?
Manón no contestó, pero él negro le era fiel a Lola y estaba dispuesto a lo que fuera por complacerla. En ese momento Dalton se acercó a Lola y después de mostrarle cinco billetes, le preguntó:
—¿Usted me puede decir donde localizo a los narcos que salieron de aquí hace rato?
Los billetes eran dólares; de los grandes, así que los ojos de Lola por poco se salen de su órbita, y con toda la amabilidad de una puta profesional, le contestó a su cliente.
—Pero cariño, mira que tenemos aquí; hace rato que no me topaba con un caballero tan distinguido como tú. Es una lástima que ya no pueda complacerte, si al menos hubieras venido hace unos diez años, aún encontrarías un coño caliente que te exprima las ganas. Pero eso no es lo que quieres ahora, ¿verdad? Bien, te daré toda la información que desees.
La Tranca interrumpió a Lola diciendo con molestia:
—Al fin de cuentas sigues siendo una puta, y así te pondrán en la mugre piedra de tu tumba: la puta Lola.
—¡Cállate cabrón! —gritó Lola— Soy una puta que nunca en tu vida podrías complacer, pinche jodido. En cambio, este caballero —Lola volvió la mirada hacia Dalton— sí sabe tratar a una mujer. Te prometo que en cuanto arregle este desmadre te mando a la mejor de mis chicas, te va a encantar, me recuerda a mí cuando era joven.
La Tranca volvió a interrumpir no sin antes mentarle la madre con la mano a Lola.
—¿Cuál pinche vieja, Lola? Este es el único putero que no tiene viejas, y tú ya no cuentas. ¿Por qué mejor no le respondes a este “caballero” para que se largue con todo y sus billetes verdes?
En ese momento la puerta del bar se abrió sorprendiendo a todos, menos a Barajas, quien permanecía bebiendo sin decir nada. Una atractiva mujer vestida con una gabardina de piel, llegó al bar de Lolita y sin ningún apuro ni preocupación preguntó:
—¿Qué cabrones pasó allá afuera, Lola? No me digas que se volvió a prender el changarro.
Lola le sonrió y después contestó:
—Justo de ti le estaba hablando a este caballero. Él es un cliente distinguido que quiere hacerte unas preguntas, así que pórtate amable con él y atiéndelo como se merece.
Margarita Solano era el nombre de aquella mujer, pero en el bar todos le conocían como la Jarocha, y no por su lugar de origen, pues su tez blanca, sus enormes ojos tapatíos y el color negro azabache de su cabellera la delataban. El sobrenombre se lo ganó por el cambio de sexo que practicó en varios clientes que intentaron obtener más de lo que habían pagado; en otras palabras: el apodo se lo ganó cortando miembros con sus navajas. La Jarocha caminó directamente hasta donde Dalton se encontraba y después de un beso profuso que dejó babeando a la mayoría de los presentes, le dijo:
—Yo te respondo todo lo que quieras, mi amor, pero primero deja ponerme cómoda, ¿te parece? Así que, ¿por qué no me esperas en tu mesa y enseguida vuelvo con un par de tragos para platicar a gusto?
Dalton volvió a su mesa mientras la Jarocha se cambiaba en el baño, y al salir, mostró a todos su sencillo uniforme de trabajo. Un pantalón ajustado remarcaba sus firmes y abundantes nalgas, y un top cruzado que con dificultades evitaba que sus pechos se escaparan libres al viento, remataban el atuendo nada especial, pero sí demasiado sugestivo. La Tranca inmediatamente se puso “de pie” y después intentó un acercamiento apresurado; sin embargo, Lola lo atajó y le advirtió:
—Si yo fuera tú, Tranca; mejor me regresaba a rascarme los huevos, a no ser que quieras que ahora te llame: Potranca.
En cualquier otra circunstancia, la Tranca hubiera cortado la lengua de la tabernera y violado a la Jarocha después de matar a todos en el lugar, pero dada la situación, el ex convicto prefirió evitar una confrontación, ya que aún deseaba saber más información del nuevo jefe de las calles. Y por un momento todos atendieron la conversación de Dalton y la Jarocha.
—Y dime, cariño —dijo la Jarocha mientras jugaba a buscar el miembro de Dalton con la punta de su bota— ¿Con quién quieres que hable primero: contigo o con tu amigo?
Dalton Many era el mejor mercenario que pudo haber cagado el tío Sam desde el país vecino; frío, calculador y hasta ahora insensible a cualquier instinto que pudiera minar la atención de su objetivo, aunque la situación no era para ignorar la propuesta, así, por motivos de disciplina y debido a que era mejor que la conversación no fuera escuchada por los demás clientes, con una sonrisa de estúpido galán de cine, se perdió con la Jarocha más allá de las escaleras.
—Pinches viejas interesadas, por eso hay tanto puto en este mundo. —dijo Montoya mientras buscaba unos cerillos para encender el cigarro que esperaba en su boca.
Una mano se deslizó con rapidez y le ofreció la flama que deseaba. Para su desgracia no provenía de alguna puta del congal, sino de la Bestia, como le apodaban a Salvador Barajas, el último de los clientes que no había sido presentado. Con cierto recelo, Montoya dijo:
—Gracias por la lumbre, viejo, pero si estás pensando que me la voy a dejar mamar, creo que ya te estás yendo a chingar a tu madre.
La Bestia permanecía inmutable, y después de guardar su encendedor, dijo:
—Ya que no haces felaciones, entonces debes mover muy bien las nalgas. Sin embargo, no estoy tratando de contratarte como prostituta, sólo necesito que me digas lo que sabes sobre la conversación de la parejita que se acaba de ir.
—¿Por qué piensas que yo sé algo? —preguntó Montoya.
—Porque eres de la ciudad y no te conformas con lo que tienes a la mano, deseas lo mejor, y eso incluye hasta el tipo de información que conoces.
—Lo que yo sé, es limitado; nadie mejor que una vieja para sacarle información a un narco caliente, pero te puedo decir lo que he escuchado; claro, si le pagas a Lola por una buena botella de tequila.
—Ya te dije que no tengo nada de lo que acostumbras, pinche sordo, —replicó Lola— pero si aquí el joven paga, te consigo algo de veneno.
—Tráenos algo fuerte Lola —la Tranca se entrometió en la conversación— necesito adormecer el ansia, a no ser que quieras que suba por alguna de tus nuevas ahijadas. Yo pago las cuentas de los señores.
Lola subió las escaleras en busca de algo de su reserva personal, claro, no sin antes hacer un ademán con su dedo medio a todos los presentes. Por su parte, Montoya ya babeaba por comenzar con la historia.
—Bueno, señores, como ya se dieron cuenta, esta noche no es como cualquier otra. La tormenta que hoy nos azota, no comenzó cuando calló la lluvia ni siquiera cuando se puso nublado. Desde hace unas semanas que esta ciudad; la maldita ciudad más grande de este planeta, se convirtió en el escenario de la masacre más terrible en toda la historia de la humanidad. Es cierto, aunque nadie quiso escucharlo, todo indicaba que la bomba que se preparó aquí, pronto terminaría por estallar.
El dramatismo de Montoya era bien acompañado por la lluvia que aumentó su intensidad, como si estuviera a disposición del narrador para atravesar la médula de los que escuchaban. Sólo el Manón evitó escuchar y para lograr ignorar las palabras del contrabandista, se perdió en un rezo extraño de palabras indescifrables.
—Este país era como la gran gallina de los huevos de oro —continuó Montoya—, y como todo tesoro fue ambicionado y disputado durante cientos de años, desde que los antiguos habitantes del valle secaron el gran lago para construir su imperio, hasta los nuevos reyes que gobiernan a los hombres, aún después de muertos. En el mundo entero los saqueadores que un día fueron romanos, persas, soldados españoles de la conquista o nazis y demás comunistas, persisten, pero en estos tiempos el mal no tiene nacionalidad o propósito que no sea vano, porque ahora son sombras detrás de los dibujos de sus imperios, quienes dictan las leyes, las voluntades y la suerte de cada ser vivo sobre la tierra y por debajo de ella. ¡Son falsos profetas!, dirían los religiosos; ¡capitalistas! los filósofos, pero en realidad son simples oportunistas o mejor dicho carroñeros que terminaran por consumir todo lo que la gallina tenía para dar aquí y en cualquier otra parte del mundo.
Los intereses de cada mafia del mundo se centraron aquí por decenas de años: los del norte, que necesitaban un basurero y esclavos para construir su templos magnos a la estupidez; los del sur, que buscaban refugio tras ser echados de sus territorios por los gobiernos que pugnan el control propio del narcotráfico; los religiosos que aprovechan el último bastión para continuar con el gran engaño que sometió a creyentes y a infieles; los de medio oriente, que no son ajenos a lo que aquí se mueve y esperan su turno para violar a esta gran puta; los europeos que comercian la carne blanca exportada para los mercados negros de todo el continente; los de oriente, que se engordaron distribuyendo y ocupando cada espacio que fuera posible en nuestro pensamiento y vida cotidiana… o de dónde creen que son los vasos de plástico de este putero. Así podríamos seguir enumerando cada mafia, pero esto es sólo cultura general y a nadie le importa. Lo que sí nos importa es quién tomó el cargo de padrotear a esta zorra.
Es aquí donde les “entra” el nombre de Cicerón Carrasco; el mejor amigo del alcalde de esta ciudad, eso por decir una relación, porque en verdad se trata de su patrón y de la mano que le pica el agujero al gobierno del país. Su relación con todas las mafias y los gobiernos que las solapan, le permitió un control inigualable, a tal punto, que si fuera su deseo, en roma todos despiertan a media noche para que su Santidad le haga confesión por teléfono, mientras Carrasco se encuentra montando a alguna de sus desafortunadas perras de compañía. El maldito hace demasiado bien su trabajo y por eso mantiene en equilibrio a todos los intereses que lo apoyan, pero esto fue lo que lo puso en la cuerda floja, porque al mismo tiempo, alguien con tanto poder es peligroso para los imperios.
Hace unas semanas hubo una reunión de personas muy poderosas y allí decidieron que enviarían a Carrasco a presentar sus saludos a Satanás. El inconveniente es que se trata de una decisión parcial, y necesitan de una escusa para que sus ejércitos entren al país. Por eso, esta noche hay distintos grupos de mercenarios atacando a los narcos, y otros defendiéndolos; además, de paso asesinan a cuanta persona se encuentre en su camino. Ahora todo está revuelto, hay traidores en todos los bandos y tanto soldados como civiles, pierden la vida sin saber siquiera lo que originó este genocidio. No se sabe dónde ni cómo van a atacar y aunque la idea es sólo hacer una matanza para después invadir al país, dudo mucho que en esta ciudad alguien sobreviva para ver ese momento.
—¡Ya deja de hablar así! —una voz exaltada de mujer sorprendió a los presentes y terminó con la conversación— un día de estos te van a escuchar los narcos, y no habrá nada que evite que te cuelguen de los huevos y te metan tu propia lengua en el trasero.
Valentina Stevens, la hija de Lola, se apareció en la puerta junto con otra de las chicas del bar. Ambas estaban empapadas y temblando de frío.
—Apuesto que preferirías que yo metiera mi lengua en tu trasero, cariño —contestó Montoya y se acercó para besar a la joven.
—De eso platicamos al rato. Ahora tengo un chingo de trabajo porque hay que arreglar de nuevo el bar y tú me vas a ayudar, ¿verdad pajarito?
—¿Pajarito? —la Tranca soltó una carcajada que puso de mal humor al traficante— con qué poco te conformas Val.
La hija de Lola reconoció de inmediato la voz y se dio la vuelta para observar si se trataba de quien ella creía.
—¿Becerra? ¡Pero qué diablos haces tú aquí! ¿A cuántos polis mataste para escaparte?
—La lista sigue vacía hasta ahora y vine a cumplir mi promesa. Estoy afuera de ley, ya hice cuentas con la justicia.
Val se acercó a la Tranca y le abrazó con tanta familiaridad que Montoya se puso celoso de inmediato.
—¿Tú lo conoces, cariño? —dijo Montoya.
—Que si lo conozco… —Val se dio vuelta y a su manera los presentó— pajarito no pienses pendejadas, Becerra es como mi padre y de hecho, dudo mucho que no lo sea, aunque mi madre jura que me concibió con un verdadero ángel. Así que ya sabes con quién arreglarte si te quieres pasar de listo.
La Tranca no dijo nada al respecto, su atención ya estaba completamente sobre la compañera de Val, quien al quitarse la chamarra descubrió sus firmes y voluminosas tetas, con el pezón marcado y rígido por lo frío de la lluvia. Eso significa que debajo del pantalón de la Tranca ya se asomaba una monstruosa erección, y antes de que pudiera decir una palabra, la mujer ya estaba en brazos de la Tranca, quien se dirigía hacia la escalera para buscar un lugar dónde quitarse la hinchazón. Antes de que la Tranca desapareciera Val lo detuvo y le dijo:
—¡Oye Becerra! ten cuidado con mi amiga, ¿entiendes?
—Descuida pequeña, aún es pronto para meterme en problemas.
Las cosas parecieron normalizarse en el bar aunque fuera por un momento, Lola regresó con una caja de tequila después de que la Tranca se fue, y sirvió a todos una ronda para continuar la velada. Al ver a su hija, su gesto de encabronada desapareció y su voz se tornó más complaciente, con todos menos con su yerno a quien no dejaba de azuzar como perro de pelea.
—Necesito que te vayas en chinga por las armas que tenían esos pendejitos y que las realices para comprar pintura y vidrios nuevos —dijo Lola a su yerno mientras tapaba los agujeros entre las tablas de las ventanas.
—Lola no mames, ¿dónde cabrones voy a venderlas? Todos mis clientes conocen las armas de estos narcos y no tardarían en entregarme por un pinche fajo de billetes, ni siquiera podría vender la camioneta como chatarra.
—¿Por qué no puedes vender la camioneta, amor? —interrumpió Val.
—Porque esos cabrones siempre les ponen rastreadores en…
Montoya no terminó de decir la frase cuando sintió la mirada de la Bestia traspasarle hasta las entrañas. Ambos se pusieron en pie de inmediato para sacar la camioneta de la vecindad y llevarla lejos del bar, pero fue demasiado tarde. La puerta del bar de Lola se abrió y en el umbral apareció la figura de un hombre, anunciada por un relámpago y un estruendo que antecedió sus palabras en voz alta:

—El famoso bar de Lolita… Buenas noches señores, estoy buscando a unos amigos que se perdieron por aquí hace un rato. ¿De casualidad alguien los ha visto?



Jorge López García
"El Malevólico"


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