viernes, 4 de abril de 2014

Magdalena

Algunas décadas atrás…
—Magdalena.
—No me gusta que me llames así —replicó Lola y se dio vuelta sobre su costado derecho.
Las prominentes caderas de la prostituta se alzaban incitantes y orgullosas sobre la cama, y detrás de ella, Rey Romero “el Zopilote”, se frotaba el miembro, ahora flácido y abatido, entre las firmes y carnosas nalgas que momentos antes, mordía y magullaba a su antojo. Los dedos de su mano izquierda jugaban entre los rizos del pubis de Lola. A él le gustaba descansar mientras metía las manos en las piernas de ella, para mantener “caliente el brasero y chorreando la aceitera”, así como le enseñó su padrino en el cansado oficio del “chulo”; un trabajo que desempeñaba con insuperable maña en el control de toda su nómina laboral (sus putas).
—Tú eres mi Magdalena, la más hermosa de todas las putas, y yo soy tu maestro; el que te pone como perra en celo y te coge como ningún otro cabrón.
El Zopilote recuperó la fuerza y dureza sexual, y sin darle tiempo de que se opusiera, le abrió las piernas y la penetró tan profundo como se lo permitió el empuje de sus pies. Lola recibió la estocada con la cara hundida entre las almohadas; gimiendo y gritando sofocada, al sentir la cabeza henchida del falo, partiendo y provocando lascivia en sus entrañas. Las gruesas manos del Zopilote aseguraron las muñecas de Lola, sometiéndola a la lujuria de su lengua recorriendo su espalda; saboreando el sudor y el deseo de ponerle la carne de gallina, elevando la calentura con fuertes embestidas que la hacían dócil y complaciente.
—Esto es lo que te encanta, cabrona —dijo el Zopilote
Al sentir los jugos de Lola chorreando por sus testículos, el Zopilote aceleró el ritmo de las caderas; entrando y saliendo con firmeza y lujuria desbordada; provocando intensos espasmos de placer en las partes más sensibles del interior de la hambrienta caverna.
—¡Sí, sí… así, no pares… ah!
—¡Ya lo ves cabrona! Eres mía…
Lola se abandonó al placer que el Zopilote le provocaba, y para seguir obteniéndolo haría todo lo que su chulo le pidiera.
—¡Ay… sí, sí, sí! Soy tuya… tuya.
—Eres mi puta Magdalena y yo soy tu maestro. ¡Quiero que lo digas!
—¡Ah! Sí… enséñame, soy tu puta ¡Soy tu puta!
El Zopilote llevó al máximo el frenesí del encuentro. Sujetó a Lola de la cintura con ambas manos y comenzó a azotarla contra él mismo para penetrarla con mayor fuerza, como un taladro neumático intentando llegar hasta lo más profundo de su cuerpo. En poco tiempo el sexo de Lola se inundó de semen caliente que puso fin al éxtasis en que se encontraba. No había necesidad de sincronizar los orgasmos, ella estaba algo más que satisfecha con el encuentro, y bastante adolorida del cuerpo, pero eso no importaba siempre que su chulo le siguiera calmando la comezón. El Zopilote se bajó de la cama y caminó hacia el tocador donde se encontraba un vaso con whisky, lo bebió de un solo trago, se vistió con completa indiferencia hacia Lola que aún permanecía recostada, con las piernas extendidas y ligeramente abiertas. El Zopilote se vistió y al terminar de arreglarse dijo:
—Hoy no vas a trabajar. Necesito que recibas al Calacas. Te va a traer un dinero y le pedí que te hiciera un dibujito en las nalgas.
A Lola se le borró la satisfacción del rostro.
—Yo no quiero un tatuaje en las nalgas. ¿De qué dibujo hablas?
—Él ya sabe. Le dices que necesito que termine hoy mismo; te quedas a descansar y mañana te quiero lista a las tres de la tarde,
—¡Oye no, Rey espera! —gritó Lola, pero fue demasiado tarde, el Zopilote se había marchado.
Ese mismo día, Lola cumplió su décimo séptimo aniversario de vida, por lo que la revolcada, el vestido fino que colgaba del ropero y el descanso extra, se convirtieron, en el mejor regalo que había recibido en los tres años de estar cogiendo para ganar dinero; al menos así lo consideraba. A su corta edad, su cuerpo ya se había desarrollado demasiado y su estatura, por arriba de los 1.70 m, la convirtieron en el trasero más solicitado del putero donde comenzó su carrera. Poco más de un año se la pasó debajo de los ebrios mal olientes que frecuentaban el Paty´s bar, hasta que un día se encontró con el Zopilote y después de probarla, este negoció su compra de la misma forma en que el dueño del putero lo hizo con la madre de Lola; justo después de que la chiquilla le confesara las violaciones de su propio padre.
Ahora, resignada a servir toda su vida como recipiente de mocos; Lola tenía la extraña sensación de que su suerte cambiaría pronto. Los clientes del Zopilote no eran ebrios u obreros apestosos como los del Paty´s bar. Algunos eran bien parecidos, bien dotados, hábiles para el sexo, le trataban con ciertas atenciones para su comodidad y, aunque varios le exigían que complaciera sus desviadas fantasías, la situación parecía favorable en comparación con su miserable infancia.
Al día siguiente:
“Eres un hijo de puta, pinche Zopilote”
Lola esperaba a su chulo en la esquina de una avenida concurrida. Su figura calentaba a transeúntes y conductores por igual. Uno tras otro se acercaban con la emoción erecta para disfrutar de su belleza; tal vez les alcanzarían los billetes para una buena cogida (sexo) con la güera nalgona —pensaban algunos. Era inevitable preguntar y, en el caso del conductor de un Jaguar en turno, ofrecer un fajo de billetes que bien tuvieron a tentar la avaricia de la puta. El primer billete tenía dos ceros que le abrieron los ojos; sin embargo, ella era puta, no una estúpida como para deslumbrarse fácilmente.
Los faros de un Grand Marquis negro, se encendieron de forma intermitente para presionar al Jaguar de abandonar el intento. Tras su partida, Lola abrió la puerta del Marquis y se introdujo con una clara molestia reprimida.
—Te dije que no trabajaras este día —dijo el Zopilote.
—Y no estoy trabajando, desde las tres estoy mandando al diablo a todos mis clientes. Ya llevaría lo de dos días con el tipo del Jaguar.
—No te preocupes por eso, tu próximo cliente te puede dar a ganar lo suficiente para que te vayas un mes de vacaciones, pero tienes que hacer un trabajo impecable mi pequeña Magdalena.
Lola retomó el asunto del apodo.
—Me queda claro que soy tu puta, Rey. Y tengo bien presente todo lo que te debo, pero… ¿Acaso era necesario marcarme como animal, sólo porque no me gusta cómo me llamas?
—¡Qué bueno que recuerdes todas tus deudas! Y mejor aún que sepas bien lo que eres, porque esta noche no sólo tendrás que abrir las patas para ganar el dinero.
Lola intuyó que el Zopilote le tenía preparado algo grande y no era precisamente lo que le gustaba tener entre las piernas.
El Zopilote condujo por casi dos horas hasta llegar a un rancho nada modesto, de una zona boscosa en las afueras de la ciudad. Su gesto adusto incomodó a Lola durante todo el trayecto, y pocas palabras cruzaron en la carretera, pero a Lola le quedó claro por qué a partir de ese momento se llamaría Magdalena. El Zopilote le contó sobre su próximo cliente; un delegado de la ciudad que gustaba del sexo y de placeres más peculiares (difíciles de aceptar), al cual, Lola debía impresionar para que aceptara conceder los permisos del centro nocturno del Zopilote. El delegado Benítez había perdido a su joven esposa hace unos años, debido a un ajuste de cuentas con algunos narcotraficantes que la secuestraron, y después de torturarla, violarla y demás “linduras”, la abandonaron en un lote baldío de la ciudad. El Zopilote esperaba conmover la buena voluntad del delegado haciendo pasar a Lola por una mujer que le recordara a la difunta.
Las hojas del portón se abrieron y permitieron el acceso al Marquis del Zopilote, quien continuó avanzando por una avenida adoquinada con grandes cipreses en la orilla: guardianes del paso hasta la vieja casona, donde los elementos de seguridad ya esperaban con atención a los invitados. No es necesario describir los detalles de la construcción ni la forma o estilo en que fue decorada. Basta con decir que el lujo en el que vivía el delegado, era más que mórbido y agobiante para aquellos a quienes las carencias les acosan todo el día sin descanso, y por la noche, durante sus pesadillas más agobiantes. Este era el caso de Lola, una puta que no tenía más posesión que la ropa que vestía y un par de maletas. Cada estancia que cruzaba significaba reprimir una maldición a su suerte y a su miserable existencia. Sin embargo, a pesar de la desagradable sensación que experimentaba, las bellas facciones de su rostro no se alteraron a excepción de un solo momento.
Lola y el Zopilote siguieron en silencio al mayordomo de la casa; éste los condujo a la estancia donde estaba preparada la reunión. Dentro de la habitación se encontraban cuatro “esculturas humanas”; enormes y grotescas; todos celosos de su oficio (la seguridad de su cliente), adornando las paredes y la salida a un jardín perfectamente cuidado, donde el delegado Benítez se jactaba de sus conocimientos culinarios y la destreza con la que manejaba los cuchillos, frente al cadáver aún sangrante de un jabalí de gran tamaño. Dos hombres le acompañaban el ego: su compadre Figueroa y su querido primo Lázaro. Ambos contemplaban con resignación el proceso de seccionar la carne que iría inmediatamente a la parrilla humeante junto a ellos. Fue en este momento que Lola se dio cuenta que ella sería la única representante de su género en la reunión.
Figueroa, que ya conocía al Zopilote, le hizo una seña al delegado y éste se olvidó de la carne para recibirlos con una amabilidad exagerada, como muchos de los comentarios que hacía.
—¡Miren qué tenemos aquí! Un ave de rapiña y una hermosa paloma mensajera. Llegan justo a tiempo para servir la cena. Espero les apetezca lo que mis chicos cazaron hoy por la tarde. ¡Primo! —Benítez se dio la vuelta— Ven, quiero que conozcas a nuestro nuevo socio y a nuestra invitada de honor…
Lázaro se acercó con arrogancia e ignorando al Zopilote, se dirigió Lola para saborearla de forma descarada.
—¡No chingues, primo! —dijo Lázaro— Hace rato que no veía a una vieja tan sabrosa. Nomas de verla ya se me puso dura.
—Te agradezco la comida, pero no entiendo a que te refieres con lo del nuevo socio —dijo el Zopilote dirigiéndose al delegado.
Benítez regresó por los cortes de carne y los puso en la parrilla. Detrás de él iba el Zopilote mientras el primo se quedó babeando con Lola. Figueroa no dijo nada, pero una extraña mirada se cruzó entre él y la puta, la cual le hizo sentir extraña; “avergonzada” hubiera dicho ahora de vieja, pero en ese entonces el orgullo le gritaba que se mostrara altiva y mientras Figueroa la observaba, ella lucía su cuerpo para el gusto de Lázaro. Benítez dijo:
—Mira Zopilote, no cabe duda que eres el chulo más cabrón que he conocido. Tienes un gusto pa’ las viejas que me dejó con la boca abierta al ver a esta figurita mover las nalgas cachondamente. Pero debo decirte que para los negocios importantes eres muy pendejo.
El Zopilote estaba mudo del coraje y sólo esperó a que Benítez continuara.
—Yo no puedo aparecer como dueño de un establecimiento nocturno de la delegación que controlo, mi compadre trabaja conmigo y también queda descartado, y tú… Tú no tienes lo que se necesita para atraer a los clientes de dólares. ¿O creías que te iba a financiar un putero de mierda para que te diviertas cogiendo como pinche pollo de granja? Sólo me interesa lo que deje billetes por montones y para esto se necesita una cabeza que piense, no una que puedas embarrar en un par de nalgas. ¿Me entendiste o tengo que volver a explicarlo?
El Zopilote asintió con la cabeza y decidió dejar que su anfitrión se divirtiera con Lola; al menos por esa noche.
—Ya está oscureciendo compadre, —dijo Figueroa— y se ve que no tarda en llover. ¿Qué te parece si comemos en la casa para estar más a gusto?
—¡Ay compadre! Qué maricón eres, pero tienes razón, quiero verle bien las nalgas a esta chamaca. Lázaro, trae esa belleza a la casa, y compadre: ya que está de hocicón, encárguese de que la comida no se nos enfríe en el trayecto.
El mayordomo del delegado improvisó un comedor en medio de la sala para que todos se sentaran en los sillones. Lola quedó en medio de Benítez y su primo, y frente a ellos el Zopilote, después de que Figueroa decidiera separarlo del delegado.
—Lo que me encanta es que con un comedor para dieciséis personas en la casa, estemos comiendo inclinados en la sala, sólo por cumplir el capricho de mi compadre —dijo Benítez.
—¿Si quieres nos cambiamos, compadre? Es mejor ahora antes de que se nos enfríe la comida.
—Si sólo te estoy molestando, compadre. Te pones más delicado que esta belleza —Benítez tomó una copa con vino e invitó a Lola a decir salud.
Pronto sirvieron la carne de la parrilla junto con una guarnición de vegetales y aderezos que el mismo delegado había preparado para la ocasión. Sus aspiraciones de chef no se remitían a un simple capricho. Benítez se recibió en la escuela más importante de gastronomía de la ciudad, pero su ambición de poder lo llevó a dejar su carrera y dedicarse a la política. Mientras comían, Benítez le preguntó a Lola:
—¿Sabes que es lo que estás comiendo, belleza?
Lola se sintió presionada por desconocer el tipo de carne que estaba masticando y dijo con voz dudosa:
—¿Es carne de puerco?
Lázaro soltó una risa de burla por la respuesta. Después Benítez la corrigió.
—No precisamente, belleza. Lo que estas comiendo es carne de un jabalí que mis chicos cazaron para que cenemos esta noche. La diferencia con la de cerdo es que ésta tiene menos grasa y es muy jugosa, aún más que un Ribeye o un Skirt de res.
 La incomodidad e ignorancia de Lola sobre el tema, se vio demasiado evidente, así que se limitó a decir que la cena estaba sabrosa y a comer moderadamente, debido a que en cualquier instante comenzaría su verdadero trabajo. Este detalle no pasó inadvertido para el delegado quien lo resaltó en su siguiente pregunta.
—Creo que no te ha gustado la carne, ¿no eres como las personas que dicen comer sólo pasto, verdad?
Lázaro se adelantó y contestó por Lola:
—Lo que pasa primo es que ella desea otro tipo de carne, una con más nervios y venas.
Lola no pudo contestar la pregunta. Lázaro le tomó de la nuca con una mano, y un instante más tarde, el miembro del primo ya se encontraba llenando la boca de la puta. Al fin su trabajo comenzaba, y por un momento pensó que era lo mejor que podía haber pasado, al menos en esos temas tenía suficiente experiencia.
—¿Cómo ves a este cabrón, compadre? Ni siquiera me dejó probar primero.
Figueroa se quedó en absoluto silencio, él sabía que toda la farsa de la comida era el preámbulo para llegar al sexo y a sus degeneradas fantasías.
 Lázaro ya se encontraba erecto y ansioso para penetrar con desesperación la boca de Lola, quien trató de aguantar la respiración lo más que podía y así tragar el grueso miembro que se asomaba a su garganta. El delegado preguntó:
—¿Traes calzones? Si los traes, quítatelos ahora mismo.
Lola no podía moverse mucho con la garganta atravesada por el primo, y prácticamente era imposible que pudiera contestar, así que se sacó los calzones como pudo y se los entregó a Benítez; éste, a su vez, se los dio al mayordomo quien salió corriendo con la prenda en mano. Lázaro gritó:
—¡Ahora sí, ya viene lo divertido…
La puta que estrenó al Zopilote se llamaba Hortensia. Ella cumplía sus cuarenta y cuatro años cuando el Zopilote la espiaba desde la azotea de la vecindad donde vivían. Tenía abultados pechos, aún firmes y de aureolas grandes, oscuras y granuladas; pezones grandes de botón y un par de piernas gruesas y bien torneadas que nacían de la selva tupida de su sexo. Hortensia sabía de las ganas que le tenía el chamaco, y un buen día cuando éste regresaba de la vendimia, lo llamó a su cuarto para probar su brío. Desde entonces el Zopilote demostró que tenía lo necesario para el trabajo, así que la puta lo entrenó con esmero y dedicación para convertirlo en el mejor de los padrotes.
Todos los martes, la ventana de Hortensia se quedaba abierta para que el Zopilote le aterrizara en medio de las piernas; arañándole las nalgas con sus garras, el pico devorando los senos y un trozo de carne y nervio rascando entre las cavernas de su cuerpo. La noche entera la pasaban cogiendo en todas las posiciones que la puta conocía y en cuanta forma nacía de la imaginación del muchacho, hasta que en una ocasión, durante un breve descanso, el Zopilote se quedó mirando las nalgas y el sexo de Hortensia, quien dormitaba boca abajo.
—¿Qué tanto miras?
—No lo sé, me gusta tu trasero. Podría mirarlo toda la noche.
—¿Tanto te gusta?
Hortensia se puso a gatas, con el pecho pegado a la cama para que el muchacho pudiera contemplara en todo su esplendor.
—Hay días en que no me lo puedo sacar de la cabeza, y nomas veo una vieja en la calle y ya te estoy soñando así como ahorita —dijo el Zopilote y lamió los labios de Hortensia.
—¿Imaginas que te coges a todas las que ves en la calle?
El Zopilote aún no reponía sus fuerzas, así que la tumbó de nuevo en la cama y ambos se enredaron de brazos y piernas.
—No pienso en nadie que no seas tú. Lo que pasa es que… Es como si estuvieras donde quiera que vaya. Antier por la tarde me encontré con Genaro. Traía su mula jalando el carro de fierro viejo, y más atrás, venía caminando su esposa. Le ayudé para amarrar una lavadora que había comprado y al voltear a ver el trasero del animal, me acordé de cómo te pones cuando cogemos, y de luego se me paró el fierro; sentí como se me hinchaba la cabeza. De no ser porque estaba Genaro, me hubiera cogido a la mula.
Hortensia lo miró con los ojos sobre abiertos y le dijo:
—¡Pinche chamaco loco! ¿A poco si te hubieras cogido a la yegua?
—¡No era yegua, era mula!, y no sé si me la hubiera cogido de adeveras (en verdad), pero a la que sí me hubiera chingado, era a la vieja del Genaro. No me quitaba la vista de la riata (pene), y hasta el mismo Genaro se la tuvo que llevar jalando.
—Hipócrita. No sale de la iglesia, pero apenas se chispa y ya se quiere comer todas las vergas que se encuentra. — dijo Hortensia mientras se recargaba en la cabecera para abrazar al Zopilote en su regazo.
—Realmente no importa si te coges a cada vieja que te ponga las nalgas, pero en lo que sí debes tener cuidado es en no andar pensando todo el día en culos ni fantasías chaqueteras (masturbaciones) o de lo contrario perderás el control, y si te apendejas, hasta la fuerza en el palo. Naciste cogelón mi’jo, eso no te lo voy a reprochar; nomas ten cuidado de que no seas tú a quien terminen atravesando.
El Zopilote recordó las palabras de su maestra al ver el rostro descompuesto del delegado mientras Lázaro le extirpaba las amígdalas a Lola. Era difícil saber qué le causaba más satisfacción: la cara de Lola cubierta de lágrimas por el ahogamiento o la forma en que el primo le metía y sacaba todo el miembro en la boca.
—¡Órale, compadre! Quítale los trapos y tírate esta pendeja como más te guste; nomas te encargo la parte que me a mí me toca…
Figueroa se mostraba indeciso de participar en la orgía; sin embargo, la idea de contradecir a su compadre le causaba una molestia mayor, y con una erección medio flácida, levantó el vestido de Lola y la penetró.
—¡Toda compadre, toda! —gritó Benítez.
El capricho del delegado no merecía mayor preocupación por parte de Lola. La fantasía era recurrente entre muchos de sus clientes, pero una sensación en el estomago le hizo sudar de los nervios. La agitación y el sabor desagradable del pene de Lázaro, le revolvieron el estomago y sin que pudiera evitarlo, Lola descargó todo el jabalí de la cena, sobre el mármol pulido del piso.
—¡Pero qué diablos! —gritó Benítez.
Lázaro se “cagaba de la risa” al escuchar los quejidos y la toz de Lola.
—¡Ten cuidado primo! No vaya a ser que quiera más carne y en una de esas te deja cachorro (castrado).
Figueroa ignoró las bromas y continuó hurgando con ansia en el interior de Lola. Entraba y salía como los pistones acelerados de un motor rugiendo. No le importaba que la puta se estuviera ahogando; él sólo quería terminar para tener un pretexto razonable con el cual pudiera evadir las locuras de su compadre. Sin embargo, la prisa de Figueroa alebrestó el deseo del delegado y éste se emparejó a su compadre jalando duro de su miembro con la mano.
—¡Así mero, compadre! ¡Cógete esta pinche puta sucia!
La emoción del delegado hizo mella en la concentración de Figueroa. Por más que apretaba los ojos y se imaginada a su amante, la violenta voz de su compadre le alejaba de la eyaculación y le frustraba el deseo. En su mente se atravesó la idea de fingir un orgasmo, pero la erección lo delataría y tampoco quería quedar como un marica. Retirarse no era opción, así que empujó a Lola sobre el sofá y lamió su trasero para excitarse de nuevo. La piel de Lola era tersa y su carne firme hasta el último de los rincones, su trasero en forma de corazón la hacían irresistible a cualquier hombre. Figueroa tenía sus propias manías para complacerse. Intentó quitarle el vestido para dejarla sólo con los zapatos puestos, pero al encontrase con el tatuaje de Lola, se quedó frío y pálido, más que flácido, como si estuviera muerto. Los testículos se le hicieron diminutos y su mirada, perdida por unos segundos, atravesó al Zopilote advirtiendo de una verdadera tragedia.
—¡No mames compadre! Los huevos se te fueron a la garganta y estás más doblado que la madre del Zopilote, ¿pues qué te pasó?
Durante el descubrimiento de Figueroa, Lázaro se sintió molesto por el olor del vómito. Salió al jardín por la tina con hielo donde guardaron las cervezas durante el día, y regresó para bañar a Lola con el agua helada. Los quejidos de la puta enloquecieron al delegado quien se olvidó de la situación de su compadre y con una prisa endemoniada, desgarró el ano de Lola y se aferró a sus senos como si quisiera hacerlos reventar. El dolor fue demasiado para ella, y no pudo contener los gritos que en vez de conmover a la bestia que la destrozaba, más la excitaba y continuaba entrando y saliendo de su cuerpo sangrante.
—¡Grita, cabrona! ¡Quiero que grites cuando te lo meta!
Benítez se había desquiciado y su primo se masturbaba mientras golpeaba el rostro de Lola con la mano abierta.
—¡Ya escuchaste a mi primo pedazo de mierda, grita más fuerte!
Figueroa se dio la vuelta y se dirigió hacia donde se encontraba el Zopilote. Le dijo en voz baja:
—Eres un hijo de tu puta madre. Si creíste que mi compadre te iba a aplaudir que le trajeras a una puta fingiendo ser como su esposa, ya te cargó la chingada. Y en verdad me vale madre si te saca las tripas, pero lo que le hará esa chica antes de matarla será por tu culpa, grandísimo pendejo.
El Zopilote tragaba la saliva más amarga de su vida, no por la situación de Lola, quien le suplicaba ayuda con la mirada sin que éste moviera un solo dedo para socorrerla. La molestia del Zopilote era por el error del que Figueroa le estaba advirtiendo. Fue demasiado ambicioso al poner el tatuaje sin averiguar profundamente los gustos y aberraciones de Benítez, y eso le podría costar perder todo el negocio, y en menos importancia para él, hasta la vida.
—¡Si me cagas el palo te cortaré las tetas, pequeña marrana! ¿Me oíste? —gritaba Benítez mientras se retorcía dentro del ano de Lola.
El delegado terminó vaciándose en poco tiempo; sin embargo, fue el turno de Lázaro de rematar el trabajo de la noche, y éste no hizo menos que su primo. Después de violarla, morderla y magullarla a su gusto, Lázaro le despojó del vestido. Por la prisa de calmar sus ansias ni él ni su primo se tomaron la molestia de retirarlo antes, pero a ambos les gustaba contemplar el resultado de su trabajo, y al verla completamente desnuda, Lázaro desfiguró su rostro con rabia por el recuerdo de su querida prima.
El delegado se limpiaba la sangre embarrada en su miembro, cuando vio a su primo derribar al Zopilote y reventarlo a puñetazos. Desconcertado por la situación, se tomó unos segundos para entender lo que había sucedido antes de ordenar a sus hombres que los separaran. Lola no tenía fuerza ni para moverse, así que se quedó recostada en el sofá, de lado y con la cabeza hacia abajo. Figueroa se emborrachaba con las botellas de Whisky y Coñac que habían preparado, y todo parecía “normal” con lo planeado. Sin llegar a la más remota idea de lo que enfureció a su rimo, los guardias levantaron a Lázaro y al Zopilote que tenía la cara ensangrentada por los golpes. Benítez preguntó:
—¿Oye cabrón, esta madriza es de puro gusto o qué demonios te pasa?
—Mírale bien el culo a la puta que trajo este pendejo. Después me dices si lo hice de gusto o no.
Benítez terminó de vestirse y después caminó hacia el sofá y dijo:
—Ponte en pie pequeña.
Lola no pudo moverse por el intenso dolor de la violación. El delegado comenzaba a molestarse y con fuerza la giró para ver su trasero. Ella se quejó apagadamente por el cansancio de su garganta, y después permaneció inmóvil como cadáver. El tatuaje de la Magdalena, con todo y el nombre, que el Calacas le hizo a Lola, quedó a pocos centímetros de la cara del delegado, pero en vez de una reacción explosiva de su parte; con toda la calma posible, se puso en pie y se acercó a su primo y le preguntó:
—¿Por un puto tatuaje le pusiste en la madre a este cabrón?
—No se trata sólo de un tatuaje, es el nombre de mi prima y este culero vino a reírse en nuestra...
—¡Ya sé que es el nombre de tu prima! —gritó Benítez para interrumpir a Lázaro— ¿Y eso qué? ¿Acaso no hay un chingo de viejas con ese nombre?
Lázaro se vistió y sacó una gorra de beisbol de una mochila que se estaba en uno de los sillones. Se acercó a Lola y la tomó por el cabello para ponerle la gorra y mostrarle su rostro a Benítez.
—No me vas a decir que no notas el parecido. No sé como lo hizo, pero estoy seguro que este pendejo sabía de mi prima y por eso trajo a esta pinche zorra para burlarse de nosotros.
El delegado miró a Lola fijamente y recapituló lo que había sucedido desde su llegada: la forma en que caminó por el jardín, la cena, el vestido elegante y también la forma en que su compadre perdió las ganas de coger.
—¿Tú sabías de esto, verdad? —le preguntó Benítez a su compadre.
—Me di cuenta hasta que vi el tatuaje, pero Lázaro la bañó con el agua de la tina y tú inmediatamente la montaste. Cuando estás así no escuchas a nadie y pensé que tú mismo te darías cuenta mientras la perforabas; antes de eso, no tenía idea de a quién iba a traer este pendejo.
Benítez ordenó que sentaran al Zopilote en una silla. Él mismo le limpió el rostro y le dio a beber un poco de agua para que pudiera hablar. Le preguntó:
—¿Cuánto pagaste por esta puta?
—No es mía— respondió el Zopilote para evitar ser descubierto.
—Eso quiere decir que alguien más te la recomendó para mí. ¿A quién le preguntaste de mis gustos?
—Nadie me la recomendó. Desde hace unos meses me encontré a esta puta en la fiesta de un cliente. Ella misma me presentó a su guapo (proxeneta) y le pedí que me la rentara para esta noche. Lo estuve investigando y es cuidadoso con sus putas. Tiene clientes importantes, por eso me arriesgué a traerla, pero no sabía que tenía un parecido con tu esposa.
—Te equivocas —contestó Benítez—. No se parecen en nada; mi esposa no era una puta. ¡Silverio!
El mayordomo de la casa entró en la habitación y en su rostro ya existía un gesto de repugnancia por lo que ocurría en las fiestas de su patrón.
—¿Ya comieron los muchachos? —preguntó el delegado.
—Sí, patrón, hace rato que están esperando. Usted me dice a quien traigo primero.
—Tráelos a todos.
—Pero patrón, la última vez…
Una mirada de Benítez bastó para callar al mayordomo y verlo abandonar la habitación. El delegado se acercó a Lola y dijo:
—Sabes, Zopilote, nunca he creído en las casualidades, aunque en ocasiones me he encontrado con Dios y con el diablo el mismo día.
Benítez tomó una toalla húmeda y limpió la sangre del cuerpo de Lola, Lázaro acercó una silla y entre los dos le ataron de brazos y piernas, con la cabeza sumida en el asiento y el trasero expuesto; apuntando hacia donde estaba el Zopilote. Lola no protestó hasta que el delegado le metió un dedo por la vagina, y por reflejo del dolor, ella trató de cerrar las piernas.
—¡Qué ironía, primo! —dijo Lázaro— Nunca había visto que una puta cierre el culo en medio del trabajo, pero no te preocupes primo; más le vale abrirlas o se las abrimos de nuevo con la palanca.
Silverio regresó acompañado de un peón y cuatro canes de la raza dogo argentino; todos ansiosos y agresivos hasta con el mismo Lázaro, quien mantuvo la distancia para no ser alcanzado por alguna de las mandíbulas.
En otra ocasión el Zopilote había presenciado la caza con esos perros, de un jabalí de más de 120 kg de peso y varias veces el tamaño de los mismos, por lo que sabía del daño que sus fauces podían hacer en un cuerpo humano. El miedo que sintió era inevitable y lo llevó a arrinconarse cerca del ventanal para salir corriendo de ser necesario.
—No seas maricón, Zopilote —dijo el delegado—. Por ahora mis muchachos se merecen algo mejor que tus pinches huesos podridos. Se llevaron una buena madriza en el día y necesitan divertirse un rato. Y en eso, nuestra amiga “Magdalena” nos va a ayudar, ¿no es así?
Lola había sufrido de abusos en toda su vida, su infancia fue un infierno, pero lo que estaba por vivir se encontraba a otro nivel de sufrimiento. Comenzó a llorar y pedir piedad al delegado, pero ya que esto era una práctica acostumbrada, las suplicas de la puta eran en vano. Benítez tomó al primer perro: Satanás; le dio a oler la ropa interior de Lola y después acercó el perro a su trasero tembloroso para excitarlo, pero Satanás se mostró completamente indiferente, lo cual no fue del agrado del delegado; sin embargo, en las manos de Silverio se retorcía el Torito: el perro más joven de la camada y el más animado por montar a Lola.
—Por piedad, no lo haga por favor… ¡No!
Las palabras de Lola se ahogaron entre gritos de horror desesperado. El Torito la montó como si se tratase de una perra en celo y seguido de él, entre mordidas y algunos golpes de Lázaro, Lola sintió el miembro hinchado del Jackson y el Sultán. La puta quedó más que destrozada y aún le faltaba uno: Satanás. Los demás perros se tranquilizaron después de su turno, pero Satanás se había arrinconado bajo la silla donde estaba el Zopilote y no daba indicios de querer tener algo con la puta de su dueño.
—¡Silverio! ¿Qué cabrones le pasa a Satanás? —preguntó el delegado.
—No lo sé patrón, desde ayer se comporta raro y casi no come. En la cacería casi destroza al jabalí, pero ahora no ha querido moverse mucho.
El delegado levantó la silla donde se escondía Satanás y al hacerlo, el perro casi le atrapa los testículos con una mordida. Definitivamente Satanás no estaba de humor para ser molestado y menos para complacer las desviaciones de su dueño; esto enfureció a Benítez, quien sin advertir el peligro latente, golpeó a su mascota directamente en la cara como castigo por su desobediencia. El resultado fue la ira descontrolada del perro, pues Satanás cargó en contra del delegado y de todos los presentes que intentaron acercarse para ayudarlo.
Un guardia sacó su arma y se dispuso a sacrificar al perro, pero gracias al entrenamiento de caza, Sultán, Jackson y Torito respondieron en su ayuda. Cuatro perros eran demasiado, aún para los dos guardaespaldas presentes. Lázaro, Silverio y el peón, salieron corriendo por la puerta hacia la entrada de la casona, mientras el Zopilote escapó al jardín como lo había planeado. Jackson mató a uno de los guardias con una mordida directa en el cuello y Satanás se encargó personalmente de Benítez, quien murió destrozado justo frente a la cara aterrada de Lola. El Torito alcanzó al Zopilote y en unas cuantas sacudidas de su poderoso cuello le destrozó el tobillo izquierdo.
Figueroa fue el más inteligente; se retiró al segundo piso de la casona y advirtió al resto de los guardias que se movilizaron para auxiliar a su patrón. Para la mala suerte de Benítez, la ayuda sólo sirvió para rescatar sus restos. Los perros no tenían intención de devorar a nadie, pero sabían que después de matar una presa debían salir corriendo por otra y ese era el caso del Zopilote quien se topó con Satanás antes de que pudiera saltar la verja que divide al jardín del estacionamiento. Satanás lo prendió del cuello y le arrancó la garganta de un mordisco. Al escuchar los primeros disparos de los demás guardias, los perros se escaparon y jamás se supo de ellos.
El peón que acompañaba a Silverio regresó a la habitación para desatar a Lola; obviamente lo iba a hacer después de haber disfrutado de su cuerpo por un buen rato, mientras todos los guardaespaldas buscaban a los perros. Poco le importó mezclarse con los fluidos de los cánidos, y menos le importó llenarse de excremento y sangre al penetrarla por el ano. Desde que comenzó a trabajar en la casona se la pasaba espiando y masturbándose con las violaciones de las prostitutas que el delegado llevaba.
—¡Hijo de tu puta madre! —gritó Silverio al encontrar a su subordinado violando a Lola— ¡No tienes piedad de lo que le hicieron a esta chamaca!
El peón sintió vergüenza y rabia por los reclamos del viejo, pero no tuvo tiempo de cobrarse pues Lázaro apareció de nuevo en la habitación con una escopeta en la mano. Al ver el cadáver sangrante de su primo, cortó cartucho y disparó en contra del peón, y después, disparó en contra del propio Silverio. No importaba si ellos tenían alguna responsabilidad en la muerte del delegado, lo único que Lázaro quería, era demostrar que no era un cobarde por salir corriendo en el ataque de los dogos.
Figueroa escuchó el disparo y temiendo que los perros regresaran, sacó un revólver de la oficina de su compadre y se encaminó a la habitación. Lázaro recogía el cuerpo de su primo cuando por accidente, miedo o venganza (nadie puede asegurarlo), fue confundido con uno de los perros y recibió dos disparos por la espalda. Figueroa se quedó atónito por lo que acababa de hacer; su mente intentaba una explicación para salir del lío en que se había metido, pero no podía pensar claramente y menos con la toz de Lola quien intentaba pedir ayuda. El compadre del delegado guardó el arma y desató a Lola, la llevó al sofá y la cubrió con su chaqueta. El gesto no pasó desapercibido para la puta quien por mero instinto pidió ayuda al verdugo de su torturador.
—Dispara a la lámpara con la escopeta. La habitación estaba oscura, y tú entraste y viste una mancha blanca tirando del cuerpo de tu compadre. Yo diré que el perro aún estaba en la habitación y tú dirás que Lázaro se atravesó por accidente al intentar huir del perro. Sólo ayúdame, no quiero morir.
—Después de lo que te hicimos, ¿crees que soy tan pendejo para confiar en ti? —preguntó Figueroa— Me entregarás a la primera oportunidad que tengas y yo tendré que mandar a matarte.
Lola se tomó un tiempo corto para pensar sus palabras. Después de todo sólo tenía una oportunidad para salir con vida de aquel lugar, y con una enorme dificultad dijo:
—No ha sido uno de mis mejores días, es cierto, pero hasta el momento en que te retiraste, todo iba bien. No eres un santo, pero tampoco eres igual que ellos; si fuera así, ya me habrías matado. No tengo rencor en tu contra y sólo tú puedes ayudarme a salir de aquí con vida. Ahora… tu compadre está muerto y el pinche primito también; me imagino que el grito maricón que se escuchó hace rato era del Zopilote. Bueno, los dos nos quedamos sin trabajo, pero yo tengo registrados los terrenos del negocio. Te necesito tanto como tú a mí, así que decide si me matas y te arriesgas a terminar como responsable de todo o le disparas a la maldita lámpara y compartimos lo que quede de esto.
Todo hombre tiene un punto débil, algo que lo hace dudar en el momento preciso en que su suerte lo abandona. Figueroa tenía el trabajo de deshacerse de las putas que desechaban, pero esto no lo sabía Lola. Una bala de más no hubiera significado ninguna diferencia en aquel día; sin embargo, Lola se parecía mucho a la difunta Magdalena, la amorosa amante que Figueroa perdió y lloró en silencio antes de convertirse en el ejecutor de Benítez; suficiente razón para pasar a Lola por muerta y sacarla en la cajuela del coche. Los meses siguientes fueron difíciles. Mientras Lola se recuperó en secreto de sus heridas, Figueroa casi pierde la vida a manos de la familia Benítez. Poco le faltó para ser castrado, pero después de mantenerse firme en los interrogatorios del hermano de Benítez, este le perdonó la muerte del mismo y de Láxaro, no sin antes realizarle una exhaustiva investigación que lo dejó prácticamente en la calle. En Enero del año siguiente, Lola y Figueroa dieron comienzo a su sociedad y retomaron los planes del Zopilote, con menos presupuesto obviamente, pero sin la presión de los posibles delatores que yacían todos bajo tierra.
Los secretos que se llevan hasta la tumba no siempre permanecen en el sepulcro. En el caso de Figueroa, este siempre pudo ocultar su amorío con la difunta Magdalena; aún a su nueva amante y administradora del negocio. Lola prestó el dinero que guardaba del Zopilote y así comenzaron una lucrativa y duradera amistad. Pero eso no importó a la hora en que los muertos del pasado de Lola se presentaron a reclamar lo que era suyo.
Ahora, de regreso al sótano oscuro del Bar de Lolita; la voz que se escuchaba afuera de la gruesa puerta, traspasó el corazón, la mente y el alma de la puta, quien reconoció al Zopilote como dueño indiscutible de la misma, y le decía:

—Magdalena… tienes algo que nos pertenece. 


Jorge López García
"El Malevólico"


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