Algunas
décadas atrás…
—Magdalena.
—No
me gusta que me llames así —replicó Lola y se dio vuelta sobre su costado
derecho.
Las
prominentes caderas de la prostituta se alzaban incitantes y orgullosas sobre
la cama, y detrás de ella, Rey Romero “el Zopilote”, se frotaba el miembro,
ahora flácido y abatido, entre las firmes y carnosas nalgas que momentos antes,
mordía y magullaba a su antojo. Los dedos de su mano izquierda jugaban entre
los rizos del pubis de Lola. A él le gustaba descansar mientras metía las manos
en las piernas de ella, para mantener “caliente el brasero y chorreando la
aceitera”, así como le enseñó su padrino en el cansado oficio del “chulo”; un
trabajo que desempeñaba con insuperable maña en el control de toda su nómina
laboral (sus putas).
—Tú
eres mi Magdalena, la más hermosa de todas las putas, y yo soy tu maestro; el
que te pone como perra en celo y te coge como ningún otro cabrón.
El
Zopilote recuperó la fuerza y dureza sexual, y sin darle tiempo de que se
opusiera, le abrió las piernas y la penetró tan profundo como se lo permitió el
empuje de sus pies. Lola recibió la estocada con la cara hundida entre las
almohadas; gimiendo y gritando sofocada, al sentir la cabeza henchida del falo,
partiendo y provocando lascivia en sus entrañas. Las gruesas manos del Zopilote
aseguraron las muñecas de Lola, sometiéndola a la lujuria de su lengua
recorriendo su espalda; saboreando el sudor y el deseo de ponerle la carne de
gallina, elevando la calentura con fuertes embestidas que la hacían dócil y
complaciente.
—Esto
es lo que te encanta, cabrona —dijo el Zopilote
Al
sentir los jugos de Lola chorreando por sus testículos, el Zopilote aceleró el
ritmo de las caderas; entrando y saliendo con firmeza y lujuria desbordada;
provocando intensos espasmos de placer en las partes más sensibles del interior
de la hambrienta caverna.
—¡Sí,
sí… así, no pares… ah!
—¡Ya
lo ves cabrona! Eres mía…
Lola
se abandonó al placer que el Zopilote le provocaba, y para seguir obteniéndolo
haría todo lo que su chulo le pidiera.
—¡Ay…
sí, sí, sí! Soy tuya… tuya.
—Eres
mi puta Magdalena y yo soy tu maestro. ¡Quiero que lo digas!
—¡Ah!
Sí… enséñame, soy tu puta ¡Soy tu puta!
El
Zopilote llevó al máximo el frenesí del encuentro. Sujetó a Lola de la cintura
con ambas manos y comenzó a azotarla contra él mismo para penetrarla con mayor
fuerza, como un taladro neumático intentando llegar hasta lo más profundo de su
cuerpo. En poco tiempo el sexo de Lola se inundó de semen caliente que puso fin
al éxtasis en que se encontraba. No había necesidad de sincronizar los
orgasmos, ella estaba algo más que satisfecha con el encuentro, y bastante
adolorida del cuerpo, pero eso no importaba siempre que su chulo le siguiera
calmando la comezón. El Zopilote se bajó de la cama y caminó hacia el tocador
donde se encontraba un vaso con whisky, lo bebió de un solo trago, se vistió
con completa indiferencia hacia Lola que aún permanecía recostada, con las
piernas extendidas y ligeramente abiertas. El Zopilote se vistió y al terminar
de arreglarse dijo:
—Hoy
no vas a trabajar. Necesito que recibas al Calacas. Te va a traer un dinero y
le pedí que te hiciera un dibujito en las nalgas.
A
Lola se le borró la satisfacción del rostro.
—Yo
no quiero un tatuaje en las nalgas. ¿De qué dibujo hablas?
—Él
ya sabe. Le dices que necesito que termine hoy mismo; te quedas a descansar y mañana
te quiero lista a las tres de la tarde,
—¡Oye
no, Rey espera! —gritó Lola, pero fue demasiado tarde, el Zopilote se había
marchado.
Ese
mismo día, Lola cumplió su décimo séptimo aniversario de vida, por lo que la
revolcada, el vestido fino que colgaba del ropero y el descanso extra, se
convirtieron, en el mejor regalo que había recibido en los tres años de estar
cogiendo para ganar dinero; al menos así lo consideraba. A su corta edad, su
cuerpo ya se había desarrollado demasiado y su estatura, por arriba de los 1.70
m, la convirtieron en el trasero más solicitado del putero donde comenzó su
carrera. Poco más de un año se la pasó debajo de los ebrios mal olientes que
frecuentaban el Paty´s bar, hasta que un día se encontró con el Zopilote y
después de probarla, este negoció su compra de la misma forma en que el dueño
del putero lo hizo con la madre de Lola; justo después de que la chiquilla le
confesara las violaciones de su propio padre.
Ahora,
resignada a servir toda su vida como recipiente de mocos; Lola tenía la extraña
sensación de que su suerte cambiaría pronto. Los clientes del Zopilote no eran
ebrios u obreros apestosos como los del Paty´s bar. Algunos eran bien
parecidos, bien dotados, hábiles para el sexo, le trataban con ciertas
atenciones para su comodidad y, aunque varios le exigían que complaciera sus
desviadas fantasías, la situación parecía favorable en comparación con su
miserable infancia.
Al
día siguiente:
“Eres
un hijo de puta, pinche Zopilote”
Lola
esperaba a su chulo en la esquina de una avenida concurrida. Su figura
calentaba a transeúntes y conductores por igual. Uno tras otro se acercaban con
la emoción erecta para disfrutar de su belleza; tal vez les alcanzarían los
billetes para una buena cogida (sexo) con la güera nalgona —pensaban algunos.
Era inevitable preguntar y, en el caso del conductor de un Jaguar en turno,
ofrecer un fajo de billetes que bien tuvieron a tentar la avaricia de la puta.
El primer billete tenía dos ceros que le abrieron los ojos; sin embargo, ella
era puta, no una estúpida como para deslumbrarse fácilmente.
Los
faros de un Grand Marquis negro, se encendieron de forma intermitente para
presionar al Jaguar de abandonar el intento. Tras su partida, Lola abrió la
puerta del Marquis y se introdujo con una clara molestia reprimida.
—Te
dije que no trabajaras este día —dijo el Zopilote.
—Y
no estoy trabajando, desde las tres estoy mandando al diablo a todos mis
clientes. Ya llevaría lo de dos días con el tipo del Jaguar.
—No
te preocupes por eso, tu próximo cliente te puede dar a ganar lo suficiente
para que te vayas un mes de vacaciones, pero tienes que hacer un trabajo
impecable mi pequeña Magdalena.
Lola
retomó el asunto del apodo.
—Me
queda claro que soy tu puta, Rey. Y tengo bien presente todo lo que te debo,
pero… ¿Acaso era necesario marcarme como animal, sólo porque no me gusta cómo
me llamas?
—¡Qué
bueno que recuerdes todas tus deudas! Y mejor aún que sepas bien lo que eres,
porque esta noche no sólo tendrás que abrir las patas para ganar el dinero.
Lola
intuyó que el Zopilote le tenía preparado algo grande y no era precisamente lo
que le gustaba tener entre las piernas.
El
Zopilote condujo por casi dos horas hasta llegar a un rancho nada modesto, de
una zona boscosa en las afueras de la ciudad. Su gesto adusto incomodó a Lola
durante todo el trayecto, y pocas palabras cruzaron en la carretera, pero a
Lola le quedó claro por qué a partir de ese momento se llamaría Magdalena. El
Zopilote le contó sobre su próximo cliente; un delegado de la ciudad que
gustaba del sexo y de placeres más peculiares (difíciles de aceptar), al cual,
Lola debía impresionar para que aceptara conceder los permisos del centro
nocturno del Zopilote. El delegado Benítez había perdido a su joven esposa hace
unos años, debido a un ajuste de cuentas con algunos narcotraficantes que la
secuestraron, y después de torturarla, violarla y demás “linduras”, la
abandonaron en un lote baldío de la ciudad. El Zopilote esperaba conmover la
buena voluntad del delegado haciendo pasar a Lola por una mujer que le
recordara a la difunta.
Las
hojas del portón se abrieron y permitieron el acceso al Marquis del Zopilote,
quien continuó avanzando por una avenida adoquinada con grandes cipreses en la
orilla: guardianes del paso hasta la vieja casona, donde los elementos de
seguridad ya esperaban con atención a los invitados. No es necesario describir
los detalles de la construcción ni la forma o estilo en que fue decorada. Basta
con decir que el lujo en el que vivía el delegado, era más que mórbido y
agobiante para aquellos a quienes las carencias les acosan todo el día sin
descanso, y por la noche, durante sus pesadillas más agobiantes. Este era el
caso de Lola, una puta que no tenía más posesión que la ropa que vestía y un
par de maletas. Cada estancia que cruzaba significaba reprimir una maldición a
su suerte y a su miserable existencia. Sin embargo, a pesar de la desagradable
sensación que experimentaba, las bellas facciones de su rostro no se alteraron
a excepción de un solo momento.
Lola
y el Zopilote siguieron en silencio al mayordomo de la casa; éste los condujo a
la estancia donde estaba preparada la reunión. Dentro de la habitación se
encontraban cuatro “esculturas humanas”; enormes y grotescas; todos celosos de
su oficio (la seguridad de su cliente), adornando las paredes y la salida a un
jardín perfectamente cuidado, donde el delegado Benítez se jactaba de sus
conocimientos culinarios y la destreza con la que manejaba los cuchillos,
frente al cadáver aún sangrante de un jabalí de gran tamaño. Dos hombres le
acompañaban el ego: su compadre Figueroa y su querido primo Lázaro. Ambos
contemplaban con resignación el proceso de seccionar la carne que iría
inmediatamente a la parrilla humeante junto a ellos. Fue en este momento que
Lola se dio cuenta que ella sería la única representante de su género en la
reunión.
Figueroa,
que ya conocía al Zopilote, le hizo una seña al delegado y éste se olvidó de la
carne para recibirlos con una amabilidad exagerada, como muchos de los
comentarios que hacía.
—¡Miren
qué tenemos aquí! Un ave de rapiña y una hermosa paloma mensajera. Llegan justo
a tiempo para servir la cena. Espero les apetezca lo que mis chicos cazaron hoy
por la tarde. ¡Primo! —Benítez se dio la vuelta— Ven, quiero que conozcas a
nuestro nuevo socio y a nuestra invitada de honor…
Lázaro
se acercó con arrogancia e ignorando al Zopilote, se dirigió Lola para
saborearla de forma descarada.
—¡No
chingues, primo! —dijo Lázaro— Hace rato que no veía a una vieja tan sabrosa.
Nomas de verla ya se me puso dura.
—Te
agradezco la comida, pero no entiendo a que te refieres con lo del nuevo socio —dijo
el Zopilote dirigiéndose al delegado.
Benítez
regresó por los cortes de carne y los puso en la parrilla. Detrás de él iba el
Zopilote mientras el primo se quedó babeando con Lola. Figueroa no dijo nada,
pero una extraña mirada se cruzó entre él y la puta, la cual le hizo sentir
extraña; “avergonzada” hubiera dicho ahora de vieja, pero en ese entonces el
orgullo le gritaba que se mostrara altiva y mientras Figueroa la observaba,
ella lucía su cuerpo para el gusto de Lázaro. Benítez dijo:
—Mira
Zopilote, no cabe duda que eres el chulo más cabrón que he conocido. Tienes un
gusto pa’ las viejas que me dejó con la boca abierta al ver a esta figurita
mover las nalgas cachondamente. Pero debo decirte que para los negocios
importantes eres muy pendejo.
El
Zopilote estaba mudo del coraje y sólo esperó a que Benítez continuara.
—Yo
no puedo aparecer como dueño de un establecimiento nocturno de la delegación
que controlo, mi compadre trabaja conmigo y también queda descartado, y tú… Tú
no tienes lo que se necesita para atraer a los clientes de dólares. ¿O creías
que te iba a financiar un putero de mierda para que te diviertas cogiendo como
pinche pollo de granja? Sólo me interesa lo que deje billetes por montones y
para esto se necesita una cabeza que piense, no una que puedas embarrar en un
par de nalgas. ¿Me entendiste o tengo que volver a explicarlo?
El
Zopilote asintió con la cabeza y decidió dejar que su anfitrión se divirtiera
con Lola; al menos por esa noche.
—Ya
está oscureciendo compadre, —dijo Figueroa— y se ve que no tarda en llover.
¿Qué te parece si comemos en la casa para estar más a gusto?
—¡Ay
compadre! Qué maricón eres, pero tienes razón, quiero verle bien las nalgas a
esta chamaca. Lázaro, trae esa belleza a la casa, y compadre: ya que está de
hocicón, encárguese de que la comida no se nos enfríe en el trayecto.
El
mayordomo del delegado improvisó un comedor en medio de la sala para que todos
se sentaran en los sillones. Lola quedó en medio de Benítez y su primo, y
frente a ellos el Zopilote, después de que Figueroa decidiera separarlo del
delegado.
—Lo
que me encanta es que con un comedor para dieciséis personas en la casa,
estemos comiendo inclinados en la sala, sólo por cumplir el capricho de mi
compadre —dijo Benítez.
—¿Si
quieres nos cambiamos, compadre? Es mejor ahora antes de que se nos enfríe la
comida.
—Si
sólo te estoy molestando, compadre. Te pones más delicado que esta belleza —Benítez
tomó una copa con vino e invitó a Lola a decir salud.
Pronto
sirvieron la carne de la parrilla junto con una guarnición de vegetales y
aderezos que el mismo delegado había preparado para la ocasión. Sus
aspiraciones de chef no se remitían a un simple capricho. Benítez se recibió en
la escuela más importante de gastronomía de la ciudad, pero su ambición de
poder lo llevó a dejar su carrera y dedicarse a la política. Mientras comían,
Benítez le preguntó a Lola:
—¿Sabes
que es lo que estás comiendo, belleza?
Lola
se sintió presionada por desconocer el tipo de carne que estaba masticando y
dijo con voz dudosa:
—¿Es
carne de puerco?
Lázaro
soltó una risa de burla por la respuesta. Después Benítez la corrigió.
—No
precisamente, belleza. Lo que estas comiendo es carne de un jabalí que mis
chicos cazaron para que cenemos esta noche. La diferencia con la de cerdo es
que ésta tiene menos grasa y es muy jugosa, aún más que un Ribeye o un Skirt de
res.
La incomodidad e ignorancia de Lola sobre el
tema, se vio demasiado evidente, así que se limitó a decir que la cena estaba
sabrosa y a comer moderadamente, debido a que en cualquier instante comenzaría
su verdadero trabajo. Este detalle no pasó inadvertido para el delegado quien
lo resaltó en su siguiente pregunta.
—Creo
que no te ha gustado la carne, ¿no eres como las personas que dicen comer sólo
pasto, verdad?
Lázaro
se adelantó y contestó por Lola:
—Lo
que pasa primo es que ella desea otro tipo de carne, una con más nervios y
venas.
Lola
no pudo contestar la pregunta. Lázaro le tomó de la nuca con una mano, y un
instante más tarde, el miembro del primo ya se encontraba llenando la boca de
la puta. Al fin su trabajo comenzaba, y por un momento pensó que era lo mejor
que podía haber pasado, al menos en esos temas tenía suficiente experiencia.
—¿Cómo
ves a este cabrón, compadre? Ni siquiera me dejó probar primero.
Figueroa
se quedó en absoluto silencio, él sabía que toda la farsa de la comida era el
preámbulo para llegar al sexo y a sus degeneradas fantasías.
Lázaro ya se encontraba erecto y ansioso para penetrar
con desesperación la boca de Lola, quien trató de aguantar la respiración lo
más que podía y así tragar el grueso miembro que se asomaba a su garganta. El
delegado preguntó:
—¿Traes
calzones? Si los traes, quítatelos ahora mismo.
Lola
no podía moverse mucho con la garganta atravesada por el primo, y prácticamente
era imposible que pudiera contestar, así que se sacó los calzones como pudo y se
los entregó a Benítez; éste, a su vez, se los dio al mayordomo quien salió
corriendo con la prenda en mano. Lázaro gritó:
—¡Ahora
sí, ya viene lo divertido…
La
puta que estrenó al Zopilote se llamaba Hortensia. Ella cumplía sus cuarenta y
cuatro años cuando el Zopilote la espiaba desde la azotea de la vecindad donde
vivían. Tenía abultados pechos, aún firmes y de aureolas grandes, oscuras y
granuladas; pezones grandes de botón y un par de piernas gruesas y bien
torneadas que nacían de la selva tupida de su sexo. Hortensia sabía de las
ganas que le tenía el chamaco, y un buen día cuando éste regresaba de la
vendimia, lo llamó a su cuarto para probar su brío. Desde entonces el Zopilote
demostró que tenía lo necesario para el trabajo, así que la puta lo entrenó con
esmero y dedicación para convertirlo en el mejor de los padrotes.
Todos
los martes, la ventana de Hortensia se quedaba abierta para que el Zopilote le
aterrizara en medio de las piernas; arañándole las nalgas con sus garras, el
pico devorando los senos y un trozo de carne y nervio rascando entre las
cavernas de su cuerpo. La noche entera la pasaban cogiendo en todas las
posiciones que la puta conocía y en cuanta forma nacía de la imaginación del
muchacho, hasta que en una ocasión, durante un breve descanso, el Zopilote se
quedó mirando las nalgas y el sexo de Hortensia, quien dormitaba boca abajo.
—¿Qué
tanto miras?
—No
lo sé, me gusta tu trasero. Podría mirarlo toda la noche.
—¿Tanto
te gusta?
Hortensia
se puso a gatas, con el pecho pegado a la cama para que el muchacho pudiera
contemplara en todo su esplendor.
—Hay
días en que no me lo puedo sacar de la cabeza, y nomas veo una vieja en la
calle y ya te estoy soñando así como ahorita —dijo el Zopilote y lamió los
labios de Hortensia.
—¿Imaginas
que te coges a todas las que ves en la calle?
El
Zopilote aún no reponía sus fuerzas, así que la tumbó de nuevo en la cama y
ambos se enredaron de brazos y piernas.
—No
pienso en nadie que no seas tú. Lo que pasa es que… Es como si estuvieras donde
quiera que vaya. Antier por la tarde me encontré con Genaro. Traía su mula
jalando el carro de fierro viejo, y más atrás, venía caminando su esposa. Le
ayudé para amarrar una lavadora que había comprado y al voltear a ver el
trasero del animal, me acordé de cómo te pones cuando cogemos, y de luego se me
paró el fierro; sentí como se me hinchaba la cabeza. De no ser porque estaba
Genaro, me hubiera cogido a la mula.
Hortensia
lo miró con los ojos sobre abiertos y le dijo:
—¡Pinche
chamaco loco! ¿A poco si te hubieras cogido a la yegua?
—¡No
era yegua, era mula!, y no sé si me la hubiera cogido de adeveras (en verdad),
pero a la que sí me hubiera chingado, era a la vieja del Genaro. No me quitaba
la vista de la riata (pene), y hasta el mismo Genaro se la tuvo que llevar
jalando.
—Hipócrita.
No sale de la iglesia, pero apenas se chispa y ya se quiere comer todas las
vergas que se encuentra. — dijo Hortensia mientras se recargaba en la cabecera
para abrazar al Zopilote en su regazo.
—Realmente
no importa si te coges a cada vieja que te ponga las nalgas, pero en lo que sí
debes tener cuidado es en no andar pensando todo el día en culos ni fantasías
chaqueteras (masturbaciones) o de lo contrario perderás el control, y si te
apendejas, hasta la fuerza en el palo. Naciste cogelón mi’jo, eso no te lo voy
a reprochar; nomas ten cuidado de que no seas tú a quien terminen atravesando.
El
Zopilote recordó las palabras de su maestra al ver el rostro descompuesto del
delegado mientras Lázaro le extirpaba las amígdalas a Lola. Era difícil saber
qué le causaba más satisfacción: la cara de Lola cubierta de lágrimas por el
ahogamiento o la forma en que el primo le metía y sacaba todo el miembro en la
boca.
—¡Órale,
compadre! Quítale los trapos y tírate esta pendeja como más te guste; nomas te
encargo la parte que me a mí me toca…
Figueroa
se mostraba indeciso de participar en la orgía; sin embargo, la idea de
contradecir a su compadre le causaba una molestia mayor, y con una erección
medio flácida, levantó el vestido de Lola y la penetró.
—¡Toda
compadre, toda! —gritó Benítez.
El
capricho del delegado no merecía mayor preocupación por parte de Lola. La
fantasía era recurrente entre muchos de sus clientes, pero una sensación en el
estomago le hizo sudar de los nervios. La agitación y el sabor desagradable del
pene de Lázaro, le revolvieron el estomago y sin que pudiera evitarlo, Lola
descargó todo el jabalí de la cena, sobre el mármol pulido del piso.
—¡Pero
qué diablos! —gritó Benítez.
Lázaro
se “cagaba de la risa” al escuchar los quejidos y la toz de Lola.
—¡Ten
cuidado primo! No vaya a ser que quiera más carne y en una de esas te deja
cachorro (castrado).
Figueroa
ignoró las bromas y continuó hurgando con ansia en el interior de Lola. Entraba
y salía como los pistones acelerados de un motor rugiendo. No le importaba que
la puta se estuviera ahogando; él sólo quería terminar para tener un pretexto
razonable con el cual pudiera evadir las locuras de su compadre. Sin embargo,
la prisa de Figueroa alebrestó el deseo del delegado y éste se emparejó a su
compadre jalando duro de su miembro con la mano.
—¡Así
mero, compadre! ¡Cógete esta pinche puta sucia!
La
emoción del delegado hizo mella en la concentración de Figueroa. Por más que
apretaba los ojos y se imaginada a su amante, la violenta voz de su compadre le
alejaba de la eyaculación y le frustraba el deseo. En su mente se atravesó la
idea de fingir un orgasmo, pero la erección lo delataría y tampoco quería
quedar como un marica. Retirarse no era opción, así que empujó a Lola sobre el
sofá y lamió su trasero para excitarse de nuevo. La piel de Lola era tersa y su
carne firme hasta el último de los rincones, su trasero en forma de corazón la
hacían irresistible a cualquier hombre. Figueroa tenía sus propias manías para
complacerse. Intentó quitarle el vestido para dejarla sólo con los zapatos
puestos, pero al encontrase con el tatuaje de Lola, se quedó frío y pálido, más
que flácido, como si estuviera muerto. Los testículos se le hicieron diminutos
y su mirada, perdida por unos segundos, atravesó al Zopilote advirtiendo de una
verdadera tragedia.
—¡No
mames compadre! Los huevos se te fueron a la garganta y estás más doblado que
la madre del Zopilote, ¿pues qué te pasó?
Durante
el descubrimiento de Figueroa, Lázaro se sintió molesto por el olor del vómito.
Salió al jardín por la tina con hielo donde guardaron las cervezas durante el
día, y regresó para bañar a Lola con el agua helada. Los quejidos de la puta
enloquecieron al delegado quien se olvidó de la situación de su compadre y con
una prisa endemoniada, desgarró el ano de Lola y se aferró a sus senos como si
quisiera hacerlos reventar. El dolor fue demasiado para ella, y no pudo
contener los gritos que en vez de conmover a la bestia que la destrozaba, más
la excitaba y continuaba entrando y saliendo de su cuerpo sangrante.
—¡Grita,
cabrona! ¡Quiero que grites cuando te lo meta!
Benítez
se había desquiciado y su primo se masturbaba mientras golpeaba el rostro de
Lola con la mano abierta.
—¡Ya
escuchaste a mi primo pedazo de mierda, grita más fuerte!
Figueroa
se dio la vuelta y se dirigió hacia donde se encontraba el Zopilote. Le dijo en
voz baja:
—Eres
un hijo de tu puta madre. Si creíste que mi compadre te iba a aplaudir que le
trajeras a una puta fingiendo ser como su esposa, ya te cargó la chingada. Y en
verdad me vale madre si te saca las tripas, pero lo que le hará esa chica antes
de matarla será por tu culpa, grandísimo pendejo.
El
Zopilote tragaba la saliva más amarga de su vida, no por la situación de Lola,
quien le suplicaba ayuda con la mirada sin que éste moviera un solo dedo para
socorrerla. La molestia del Zopilote era por el error del que Figueroa le
estaba advirtiendo. Fue demasiado ambicioso al poner el tatuaje sin averiguar profundamente
los gustos y aberraciones de Benítez, y eso le podría costar perder todo el
negocio, y en menos importancia para él, hasta la vida.
—¡Si
me cagas el palo te cortaré las tetas, pequeña marrana! ¿Me oíste? —gritaba
Benítez mientras se retorcía dentro del ano de Lola.
El
delegado terminó vaciándose en poco tiempo; sin embargo, fue el turno de Lázaro
de rematar el trabajo de la noche, y éste no hizo menos que su primo. Después
de violarla, morderla y magullarla a su gusto, Lázaro le despojó del vestido. Por
la prisa de calmar sus ansias ni él ni su primo se tomaron la molestia de
retirarlo antes, pero a ambos les gustaba contemplar el resultado de su trabajo,
y al verla completamente desnuda, Lázaro desfiguró su rostro con rabia por el
recuerdo de su querida prima.
El
delegado se limpiaba la sangre embarrada en su miembro, cuando vio a su primo
derribar al Zopilote y reventarlo a puñetazos. Desconcertado por la situación,
se tomó unos segundos para entender lo que había sucedido antes de ordenar a
sus hombres que los separaran. Lola no tenía fuerza ni para moverse, así que se
quedó recostada en el sofá, de lado y con la cabeza hacia abajo. Figueroa se
emborrachaba con las botellas de Whisky y Coñac que habían preparado, y todo
parecía “normal” con lo planeado. Sin llegar a la más remota idea de lo que
enfureció a su rimo, los guardias levantaron a Lázaro y al Zopilote que tenía
la cara ensangrentada por los golpes. Benítez preguntó:
—¿Oye
cabrón, esta madriza es de puro gusto o qué demonios te pasa?
—Mírale
bien el culo a la puta que trajo este pendejo. Después me dices si lo hice de
gusto o no.
Benítez
terminó de vestirse y después caminó hacia el sofá y dijo:
—Ponte
en pie pequeña.
Lola
no pudo moverse por el intenso dolor de la violación. El delegado comenzaba a
molestarse y con fuerza la giró para ver su trasero. Ella se quejó apagadamente
por el cansancio de su garganta, y después permaneció inmóvil como cadáver. El
tatuaje de la Magdalena, con todo y el nombre, que el Calacas le hizo a Lola, quedó
a pocos centímetros de la cara del delegado, pero en vez de una reacción
explosiva de su parte; con toda la calma posible, se puso en pie y se acercó a
su primo y le preguntó:
—¿Por
un puto tatuaje le pusiste en la madre a este cabrón?
—No
se trata sólo de un tatuaje, es el nombre de mi prima y este culero vino a
reírse en nuestra...
—¡Ya
sé que es el nombre de tu prima! —gritó Benítez para interrumpir a Lázaro— ¿Y
eso qué? ¿Acaso no hay un chingo de viejas con ese nombre?
Lázaro
se vistió y sacó una gorra de beisbol de una mochila que se estaba en uno de
los sillones. Se acercó a Lola y la tomó por el cabello para ponerle la gorra y
mostrarle su rostro a Benítez.
—No
me vas a decir que no notas el parecido. No sé como lo hizo, pero estoy seguro
que este pendejo sabía de mi prima y por eso trajo a esta pinche zorra para
burlarse de nosotros.
El
delegado miró a Lola fijamente y recapituló lo que había sucedido desde su
llegada: la forma en que caminó por el jardín, la cena, el vestido elegante y también
la forma en que su compadre perdió las ganas de coger.
—¿Tú
sabías de esto, verdad? —le preguntó Benítez a su compadre.
—Me
di cuenta hasta que vi el tatuaje, pero Lázaro la bañó con el agua de la tina y
tú inmediatamente la montaste. Cuando estás así no escuchas a nadie y pensé que
tú mismo te darías cuenta mientras la perforabas; antes de eso, no tenía idea
de a quién iba a traer este pendejo.
Benítez
ordenó que sentaran al Zopilote en una silla. Él mismo le limpió el rostro y le
dio a beber un poco de agua para que pudiera hablar. Le preguntó:
—¿Cuánto
pagaste por esta puta?
—No
es mía— respondió el Zopilote para evitar ser descubierto.
—Eso
quiere decir que alguien más te la recomendó para mí. ¿A quién le preguntaste
de mis gustos?
—Nadie
me la recomendó. Desde hace unos meses me encontré a esta puta en la fiesta de
un cliente. Ella misma me presentó a su guapo (proxeneta) y le pedí que me la
rentara para esta noche. Lo estuve investigando y es cuidadoso con sus putas.
Tiene clientes importantes, por eso me arriesgué a traerla, pero no sabía que
tenía un parecido con tu esposa.
—Te
equivocas —contestó Benítez—. No se parecen en nada; mi esposa no era una puta.
¡Silverio!
El
mayordomo de la casa entró en la habitación y en su rostro ya existía un gesto
de repugnancia por lo que ocurría en las fiestas de su patrón.
—¿Ya
comieron los muchachos? —preguntó el delegado.
—Sí,
patrón, hace rato que están esperando. Usted me dice a quien traigo primero.
—Tráelos
a todos.
—Pero
patrón, la última vez…
Una
mirada de Benítez bastó para callar al mayordomo y verlo abandonar la
habitación. El delegado se acercó a Lola y dijo:
—Sabes,
Zopilote, nunca he creído en las casualidades, aunque en ocasiones me he
encontrado con Dios y con el diablo el mismo día.
Benítez
tomó una toalla húmeda y limpió la sangre del cuerpo de Lola, Lázaro acercó una
silla y entre los dos le ataron de brazos y piernas, con la cabeza sumida en el
asiento y el trasero expuesto; apuntando hacia donde estaba el Zopilote. Lola
no protestó hasta que el delegado le metió un dedo por la vagina, y por reflejo
del dolor, ella trató de cerrar las piernas.
—¡Qué
ironía, primo! —dijo Lázaro— Nunca había visto que una puta cierre el culo en
medio del trabajo, pero no te preocupes primo; más le vale abrirlas o se las
abrimos de nuevo con la palanca.
Silverio
regresó acompañado de un peón y cuatro canes de la raza dogo argentino; todos
ansiosos y agresivos hasta con el mismo Lázaro, quien mantuvo la distancia para
no ser alcanzado por alguna de las mandíbulas.
En
otra ocasión el Zopilote había presenciado la caza con esos perros, de un
jabalí de más de 120 kg de peso y varias veces el tamaño de los mismos, por lo
que sabía del daño que sus fauces podían hacer en un cuerpo humano. El miedo
que sintió era inevitable y lo llevó a arrinconarse cerca del ventanal para
salir corriendo de ser necesario.
—No
seas maricón, Zopilote —dijo el delegado—. Por ahora mis muchachos se merecen
algo mejor que tus pinches huesos podridos. Se llevaron una buena madriza en el
día y necesitan divertirse un rato. Y en eso, nuestra amiga “Magdalena” nos va
a ayudar, ¿no es así?
Lola
había sufrido de abusos en toda su vida, su infancia fue un infierno, pero lo
que estaba por vivir se encontraba a otro nivel de sufrimiento. Comenzó a
llorar y pedir piedad al delegado, pero ya que esto era una práctica
acostumbrada, las suplicas de la puta eran en vano. Benítez tomó al primer
perro: Satanás; le dio a oler la ropa interior de Lola y después acercó el perro
a su trasero tembloroso para excitarlo, pero Satanás se mostró completamente
indiferente, lo cual no fue del agrado del delegado; sin embargo, en las manos
de Silverio se retorcía el Torito: el perro más joven de la camada y el más
animado por montar a Lola.
—Por
piedad, no lo haga por favor… ¡No!
Las
palabras de Lola se ahogaron entre gritos de horror desesperado. El Torito la
montó como si se tratase de una perra en celo y seguido de él, entre mordidas y
algunos golpes de Lázaro, Lola sintió el miembro hinchado del Jackson y el Sultán.
La puta quedó más que destrozada y aún le faltaba uno: Satanás. Los demás
perros se tranquilizaron después de su turno, pero Satanás se había arrinconado
bajo la silla donde estaba el Zopilote y no daba indicios de querer tener algo
con la puta de su dueño.
—¡Silverio!
¿Qué cabrones le pasa a Satanás? —preguntó el delegado.
—No
lo sé patrón, desde ayer se comporta raro y casi no come. En la cacería casi
destroza al jabalí, pero ahora no ha querido moverse mucho.
El
delegado levantó la silla donde se escondía Satanás y al hacerlo, el perro casi
le atrapa los testículos con una mordida. Definitivamente Satanás no estaba de
humor para ser molestado y menos para complacer las desviaciones de su dueño;
esto enfureció a Benítez, quien sin advertir el peligro latente, golpeó a su
mascota directamente en la cara como castigo por su desobediencia. El resultado
fue la ira descontrolada del perro, pues Satanás cargó en contra del delegado y
de todos los presentes que intentaron acercarse para ayudarlo.
Un
guardia sacó su arma y se dispuso a sacrificar al perro, pero gracias al
entrenamiento de caza, Sultán, Jackson y Torito respondieron en su ayuda.
Cuatro perros eran demasiado, aún para los dos guardaespaldas presentes. Lázaro,
Silverio y el peón, salieron corriendo por la puerta hacia la entrada de la
casona, mientras el Zopilote escapó al jardín como lo había planeado. Jackson
mató a uno de los guardias con una mordida directa en el cuello y Satanás se
encargó personalmente de Benítez, quien murió destrozado justo frente a la cara
aterrada de Lola. El Torito alcanzó al Zopilote y en unas cuantas sacudidas de
su poderoso cuello le destrozó el tobillo izquierdo.
Figueroa
fue el más inteligente; se retiró al segundo piso de la casona y advirtió al
resto de los guardias que se movilizaron para auxiliar a su patrón. Para la
mala suerte de Benítez, la ayuda sólo sirvió para rescatar sus restos. Los
perros no tenían intención de devorar a nadie, pero sabían que después de matar
una presa debían salir corriendo por otra y ese era el caso del Zopilote quien
se topó con Satanás antes de que pudiera saltar la verja que divide al jardín
del estacionamiento. Satanás lo prendió del cuello y le arrancó la garganta de
un mordisco. Al escuchar los primeros disparos de los demás guardias, los
perros se escaparon y jamás se supo de ellos.
El
peón que acompañaba a Silverio regresó a la habitación para desatar a Lola; obviamente
lo iba a hacer después de haber disfrutado de su cuerpo por un buen rato,
mientras todos los guardaespaldas buscaban a los perros. Poco le importó
mezclarse con los fluidos de los cánidos, y menos le importó llenarse de
excremento y sangre al penetrarla por el ano. Desde que comenzó a trabajar en
la casona se la pasaba espiando y masturbándose con las violaciones de las
prostitutas que el delegado llevaba.
—¡Hijo
de tu puta madre! —gritó Silverio al encontrar a su subordinado violando a Lola—
¡No tienes piedad de lo que le hicieron a esta chamaca!
El
peón sintió vergüenza y rabia por los reclamos del viejo, pero no tuvo tiempo
de cobrarse pues Lázaro apareció de nuevo en la habitación con una escopeta en
la mano. Al ver el cadáver sangrante de su primo, cortó cartucho y disparó en
contra del peón, y después, disparó en contra del propio Silverio. No importaba
si ellos tenían alguna responsabilidad en la muerte del delegado, lo único que
Lázaro quería, era demostrar que no era un cobarde por salir corriendo en el
ataque de los dogos.
Figueroa
escuchó el disparo y temiendo que los perros regresaran, sacó un revólver de la
oficina de su compadre y se encaminó a la habitación. Lázaro recogía el cuerpo
de su primo cuando por accidente, miedo o venganza (nadie puede asegurarlo),
fue confundido con uno de los perros y recibió dos disparos por la espalda.
Figueroa se quedó atónito por lo que acababa de hacer; su mente intentaba una
explicación para salir del lío en que se había metido, pero no podía pensar
claramente y menos con la toz de Lola quien intentaba pedir ayuda. El compadre
del delegado guardó el arma y desató a Lola, la llevó al sofá y la cubrió con
su chaqueta. El gesto no pasó desapercibido para la puta quien por mero instinto
pidió ayuda al verdugo de su torturador.
—Dispara
a la lámpara con la escopeta. La habitación estaba oscura, y tú entraste y
viste una mancha blanca tirando del cuerpo de tu compadre. Yo diré que el perro
aún estaba en la habitación y tú dirás que Lázaro se atravesó por accidente al
intentar huir del perro. Sólo ayúdame, no quiero morir.
—Después
de lo que te hicimos, ¿crees que soy tan pendejo para confiar en ti? —preguntó
Figueroa— Me entregarás a la primera oportunidad que tengas y yo tendré que
mandar a matarte.
Lola
se tomó un tiempo corto para pensar sus palabras. Después de todo sólo tenía
una oportunidad para salir con vida de aquel lugar, y con una enorme dificultad
dijo:
—No
ha sido uno de mis mejores días, es cierto, pero hasta el momento en que te
retiraste, todo iba bien. No eres un santo, pero tampoco eres igual que ellos;
si fuera así, ya me habrías matado. No tengo rencor en tu contra y sólo tú
puedes ayudarme a salir de aquí con vida. Ahora… tu compadre está muerto y el
pinche primito también; me imagino que el grito maricón que se escuchó hace
rato era del Zopilote. Bueno, los dos nos quedamos sin trabajo, pero yo tengo
registrados los terrenos del negocio. Te necesito tanto como tú a mí, así que
decide si me matas y te arriesgas a terminar como responsable de todo o le
disparas a la maldita lámpara y compartimos lo que quede de esto.
Todo
hombre tiene un punto débil, algo que lo hace dudar en el momento preciso en
que su suerte lo abandona. Figueroa tenía el trabajo de deshacerse de las putas
que desechaban, pero esto no lo sabía Lola. Una bala de más no hubiera
significado ninguna diferencia en aquel día; sin embargo, Lola se parecía mucho
a la difunta Magdalena, la amorosa amante que Figueroa perdió y lloró en
silencio antes de convertirse en el ejecutor de Benítez; suficiente razón para
pasar a Lola por muerta y sacarla en la cajuela del coche. Los meses siguientes
fueron difíciles. Mientras Lola se recuperó en secreto de sus heridas, Figueroa
casi pierde la vida a manos de la familia Benítez. Poco le faltó para ser
castrado, pero después de mantenerse firme en los interrogatorios del hermano de
Benítez, este le perdonó la muerte del mismo y de Láxaro, no sin antes
realizarle una exhaustiva investigación que lo dejó prácticamente en la calle. En
Enero del año siguiente, Lola y Figueroa dieron comienzo a su sociedad y
retomaron los planes del Zopilote, con menos presupuesto obviamente, pero sin
la presión de los posibles delatores que yacían todos bajo tierra.
Los
secretos que se llevan hasta la tumba no siempre permanecen en el sepulcro. En
el caso de Figueroa, este siempre pudo ocultar su amorío con la difunta Magdalena;
aún a su nueva amante y administradora del negocio. Lola prestó el dinero que
guardaba del Zopilote y así comenzaron una lucrativa y duradera amistad. Pero
eso no importó a la hora en que los muertos del pasado de Lola se presentaron a
reclamar lo que era suyo.
Ahora,
de regreso al sótano oscuro del Bar de Lolita; la voz que se escuchaba afuera
de la gruesa puerta, traspasó el corazón, la mente y el alma de la puta, quien
reconoció al Zopilote como dueño indiscutible de la misma, y le decía:
—Magdalena…
tienes algo que nos pertenece.
Jorge López García
"El Malevólico"

No hay comentarios.:
Publicar un comentario