viernes, 4 de abril de 2014

La Madame

Dios creó el tiempo para medir la estupidez del hombre, para probar su voluntad y exponer sus defectos ante sus ojos, porque todo suceso o circunstancia en esta realidad, tiene un momento de ser y una caducidad inevitable. Para Lola, el deleitar a los hombres con el placer de su cuerpo, era un negocio que rindió sus frutos y pereció hace unos años, pero conservaba la agudeza en algunos de sus sentidos y la tenacidad de su voluntad para sobrevivir y mantener la única forma de vida que conoció desde pequeña: el negocio de la carne.
Viktor Nazky se presentó a la puerta del bar de Lolita e hizo una pregunta que no se quedaría sin respuesta, aunque tuviera que sacarla de los mismos cadáveres. El mercenario mestizo, que hacía las funciones de comandante de la región más conflictiva del imperio de Carrasco, no sabía de misericordia, aunque, como su familia lo acostumbraba; apreciaba los buenos modales y el trato refinado.
—Sus amigos fallecieron en un enfrentamiento justo afuera de mi bar, comandante. —dijo Lola— Desde el piso no pudimos apreciar lo que pasó, pero cuando se dejaron de escuchar las balas, les pedí a mis clientes que recogieran sus cuerpos del asfalto y los depositaran en la vecindad de atrás. Si los dejaba afuera, nadie se acercaría al bar, y como puede observar, necesitamos el dinero. Es una imprudencia, lo sé, pero de cualquier forma, todas las evidencias de lo que pasó en la balacera, se borrarían con la lluvia en cuestión de minutos, así que decidí correr el riesgo. La puerta no tiene llave, pero creo que no es necesaria para ustedes.
Una fiesta de luces rojas y pequeñas, invadieron completamente los cuerpos de los presentes. Vale se escondió detrás de Montoya, quien estaba junto a la Bestia, a unos pasos de las escaleras. El Manón limpiaba los vidrios debajo de la barra, cuando el laser de un rifle de asalto le cegó parcialmente la vista. Lola no dejaba de limpiar los vasos que habían quedado, y acomodaba algunas botellas medio vacías en la vitrina que Manón improvisó detrás de la barra.
—Agradezco la franqueza, señora. La verdad, me es más útil para trabajar de forma limpia; sin exceso de violencia, lo cual no es grato, aunque a veces necesario. Me veo obligado a preguntarle por los responsables de la muerte de mis amigos.
—¿Por qué no invita a pasar a sus hombres, comandante? —preguntó Lola— Esto es un bar y por ahora sólo encontrará bebida, si así lo desea. Las chicas están por llegar; en esta noche cualquier retraso es inevitable.
La cabeza de Nazky se movió ligeramente, y detrás de él, apareció uno de sus hombres a quien dio instrucción de revisar la vecindad y de reportarle lo que encontrará. El encapuchado se retiró y dio paso a una docena de soldados que comenzaron a ocupar las mesas del bar. Todos llevaban sus armas listas por cualquier imprevisto y sólo una patrulla se quedó frente a la entrada para evitar una emboscada. Mientras los soldados se acomodaban, Lola dijo:
—Val, tus clientes están esperando por ti; ya pagaron y merecen tus atenciones.
La hija de Lola se dio vuelta para retirarse con la Bestia y Montoya al piso de arriba, pero un soldado de Nazky les detuvo cortando cartucho. Lola se dirigió a Nazky y preguntó en tono de reclamo:
—¿Debo suponer que no podré trabajar esta noche, comandante?
—Por favor llámeme Viktor, madame. —contestó el comandante— El cargo se lo reservo a mis subordinados. Deja que se marchen, González; esta noche no se deben desperdiciar las municiones, pero les pediré que bajen en cuanto terminen sus necesidades. La señorita tiene mucho trabajo esperando por ella.
  Montoya tomó a Val del brazo y subieron las escaleras. Detrás de ellos subió la Bestia; todos en completo silencio y sin voltear la mirada. Sabían que sólo se necesitaba un pretexto para que la sangre corriera y ellos estaban en desventaja. A pesar de lo que se puede ver en las películas, sería un suicidio enfrentar a un escuadrón con tantas armas. Así que esperarían junto con la Tranca y Dalton en la segunda planta, aguardando el momento preciso…
—Espero su respuesta, madame. —Dijo Nazky— ¿Quién mató a mis hombres?
Si algo sabía hacer Nazky con gran destreza, era interrogar a los prisioneros. Su habilidad lo había hecho famoso en las agencias de inteligencia extranjera, pero tuvo un error que le consiguió la promoción para trabajar con Carrasco. El bastardo degolló al hijo de un general del ejército del norte, mientras le hacía un interrogatorio por el supuesto lavado de dinero de su padre para apoyar a narcotraficantes contrarios. El muchacho le escupió el rostro y eso lo hizo enfurecer sin pensar en las consecuencias que le acarrearía tomar su miserable vida. Sólo Carrasco pudo conseguir que su cabeza no rodara junto con sus pelotas, pero estaba completamente bajo su yugo e imposibilitado para salir de la ciudad. Por ahora, el trato con Lola era de lo más tenue (por decirlo de alguna forma), y se mantendría así siempre y cuando Nazky se sintiera complacido por la tabernera.
—Cuando salimos a la calle, encontramos un vehículo blindado que hicieron volar con un lanzacohetes, —Lola comenzó a relatar con una tranquilidad propia de su experiencia— y frente a él estaba el carro de sus hombres; uno de ellos tenía el cuello abierto y del otro lado de la acera, encontramos pedazos de cuerpos regados por todas partes; había dos zapatos diferentes, por lo que supongo que se trataba de dos personas más. La puerta trasera de la camioneta blindada, estaba abierta y no había rastro de personas vivas, sólo los cadáveres de dos muchachos y una chica, permanecían tirados en el asfalto. La mujer tenía algo incrustado en su cabeza y sus compañeros estaban medio rostizados. No puedo decirle quien mató a sus soldados, pero puedo asegurarle que si estaban dentro de la camioneta blindada, no quedaron en buenas condiciones. Eso fue hace más de una hora; no creo que se pueda ir muy lejos con esta lluvia y sin un coche.
La puerta del bar se abrió de nuevo y en ella se aparecieron los hombres que fueron a revisar la vecindad. Uno de ellos se acercó a Nazky y le reportó lo que encontraron. Al parecer todo coincidía con el relato de Lola. Esa vieja puta mantenía su memoria en perfectas condiciones, y si lo deseaba podía recordar a cuanto cabrón se había cogido con verdaderas ganas. Después de darle nuevas instrucciones a sus hombres, y que estos salieran del bar, Nazky retomó el interrogatorio con algo de indiferencia y dijo:
—Esta noche se está volviendo más que incomoda, madame. Demasiado trabajo genera un estrés insoportable que nos va enfermando poco a poco hasta matarnos; ese sí es un enemigo infranqueable.
Nazky escudriñó toda la taberna y terminó diciendo:
—Quiero creerle, madame; es más…  Estoy convencido de que es completamente honesta conmigo, y sabe; hoy en día es difícil encontrar personas con esa cualidad. La mentira siempre precede a la traición, y esa es una falta imperdonable que merece una recompensa más severa que la propia muerte. Sin embargo, la lealtad también debe ser remunerada, así que debido a que encuentro agradable su hospitalidad y me siento a gusto con su persona; voy a devolver sus atenciones para con mis hombres de la misma forma.
Lola no mostraba perturbación alguna en su rostro, aunque sabía perfectamente que el momento crítico se acercaba, y además de la presión de Nazky, no tenía idea de que haría la Tranca y los otros, que ya deberían estar preparados para repartir inyecciones de plomo. Los soldados de Nazky volvieron con tres bolsas negras que escurrían sangre, y las colocaron sobre las mesas que sirvieron de plancha. Nazky dijo:
—Siguiendo una “corazonada”, mis hombres y yo nos dirigimos hacia este lugar, y no muy lejos de aquí, nos encontramos con los cuerpos sin vida de tres desafortunadas jóvenes o mejor dicho: encontramos lo que quedó de ellas.
Nazky abrió las bolsas y dentro de ellas aparecieron los cuerpos mutilados de tres mujeres desnudas. Sus ojos habían sido extirpados al igual que sus lenguas y quijadas, pero eso no era todo. Cada mujer tenía los senos cortados y el vientre desgarrado, por donde se podía observar que sus entrañas habían sido removidas. Las piernas y las nalgas tenían huellas de mordidas profundas, que incluyeron la mutilación del ano y los genitales. Todos los dedos de los pies y ambas manos, habían sido arrancados por la fuerza; parecía que los hubieran trozado con unas pinzas. Las orejas fueron arrancadas y una de ellas tenía un corte profundo a lo largo de la espalda.
Lola reconoció de inmediato los cuerpos de sus trabajadoras, y en un increíble esfuerzo por contener su rabia, salió de la barra y cubrió los restos que permanecieron sobre las mesas. Nazky no dejaba de observar fijamente el rostro de Lola. En su mente enferma y desquiciada, se jactaba de reconocer la mentira en la mirada de dolor de las personas. Sin embargo, en Lola sólo encontró una puta afligida por perder su valiosa mercancía.
—Debo agradecerle, Viktor, que trajera los restos de mis muchachas. Ya de por sí es molesto enterarse de que se necesitará invertir de nuevo en la mercancía, pero es demasiado frustrante pensar que se marcharon como viles ratas malagradecidas. Desafortunadamente, ahora ya no puedo ofrecerle un servicio a sus hombres, tal y como se merecen. La chica que me queda no será suficiente y preferiría no prescindir de sus servicios por el momento.
Nazky comenzó a notar sospechosa la frialdad de Lola ante la sorpresa que le había preparado. Buscaba el más leve indicio para llevar a otro nivel el interrogatorio sobre los clientes y el lugar, pero la vieja puta, mañosa desde nacimiento, se metió detrás de la barra, sacó una veladora que colocó a un lado de las bolsas con los cadáveres y comenzó a decir una oración por las difuntas. Los hombres de Nazky y él mismo, sintieron la necesidad de guardar silencio mientras la tabernera terminaba con su rezo. El momento fue lo suficientemente emotivo como para desviar la atención de Nazky y decidir una primera retirada, para hacer un reconocimiento de la zona en busca de los sobrevivientes de la camioneta blindada; no sin antes pedirle a Lola que nadie dentro del bar, intentase abandonar el local o sus soldados podrían confundirlos entre tanta lluvia.
—Será mejor continuar con nuestro camino, madame. —dijo Nazky— Aún queda mucho trabajo por hacer, y no dudo que esta misma noche venga a pedirle una copa para adelgazar la saliva y recuperar el calor en el cuerpo.
Nazky y sus hombres se perdieron detrás de la cortina de agua que azotaba la calle. Y al mismo tiempo, la Jarocha bajaba las escaleras, seguida de Val, Montoya y los demás, quienes habían escuchado toda la conversación y permanecían curiosos por contemplar los cuerpos que yacían sobre las mesas. Lola perdió el habla y no encontró el valor para mirar a los ojos a la Jarocha, que con la respiración agitada y los dientes rechinando de incertidumbre, caminó poco a poco hasta llegar a las bolsas donde se detuvo antes de abrirlas. Tragó saliva; la más amarga de toda su vida, y con el nombre de su madre en los labios como señal de auxilio, deslizó el primer cierre y se enfrentó a su miedo más profundo.
El horror del despiadado crimen se coló por los ojos incrédulos de la Jarocha, desfigurando la piel de su bello rostro con un gesto de aberración y agonía, y se transformó en rabia desmedida que le hirvió toda la sangre, como si el espanto tratara de calcinarle desde adentro. Al menos así lo sintió al ver los cadáveres de sus dos amigas: Tífanny y Carolina, encima del cuerpo más pequeño de los tres; el que tenía el corte en la espalda atravesando un tatuaje con forma de corazón, cerca del hombro derecho, y que decía: Por siempre Josefina.
La Jarocha comenzó a temblar con desesperación, y conmocionada y aún privada del llanto por la impresión, consiguió asir el cuerpo de su pequeña para abrazarlo. La intención era buena, pero el resultado fue devastador para ella. Lo que horas antes era el dulce rostro de Josefina Solano —la hija adoptiva de la Jarocha—, ahora era sólo una máscara incompleta de piel por donde las fosas del cráneo se asomaban desvergonzadas y los restos de las mejillas colgaban en tiras de carne sangrante que se abrieron al momento en que la Jarocha volteó el cuerpo; quedando expuesta la base del cráneo  y todo el cuello destrozado de Josefina.
La garganta de la Margarita se desgarró en un intenso alarido que, a juzgar por su fuerza, debió espantar a los propios ángeles, y al mismo tiempo, dibujar una sonrisa en la cara del diablo. Su llanto lastimero se mezcló con la tormenta y por interminables segundos, fue el único sonido dentro del bar, aunque esto no significa que los presentes tuvieran compasión por la tragedia de la puta. La única señal de misericordia provino de la Bestia, quien se acercó despacio, cortando el cartucho de su “nueve milímetros” para colocarla justo en la cabeza de la Jarocha.
  ¿Quién de los presentes podría juzgar esa acción? ¿No sería mejor terminar con el dolor de la pobre desgraciada? Imagínense parados frente a la escena: La Jarocha era una mujer de baja estatura, pero de complexión atlética y formas pronunciadas, sus brazos eran fuertes como sus piernas, marcadas por todo el trabajo de día, y aunque no se pueda creer, más por el de las noches. Y a pesar de eso, mientras se lamentaba su suerte, la Jarocha se redujo a una piltrafa humana que no paraba de gritar y aterrorizarse cada que una parte de la carne de su única hija: su razón de vivir, se desprendía en pedazos por la forma en que la habían masacrado. Profundo es el dolor de perder a un padre, una madre o un hermano, pero el perder a un hijo por quien velas con tu maldito trasero para que no perezca en el mismo mundo que a diario intenta verte comer mierda de perro, por debajo de cada bota que te retuerce el cuello y te exprime la voluntad y los sueños; eso es una pérdida de tiempo, y así lo pensaban todos los testigos que no hicieron nada por detener a la Bestia mientras se colocaba en posición para ejecutar a la Jarocha. Sin embargo, una mano fría y huesuda detuvo al hombre de ejercer su cuestionable misericordia.
Lola no abrió el hocico para nada, ni siquiera soltó una lágrima de tristeza o empatía por la muerte de su ahijada, pero tuvo a bien detener a su verdugo y con un gesto le pidió que se retirara. La vieja puta tenía fuerzas de sobra para levantar a la Jarocha y llevarla hasta la mesa del fondo donde la abrazó con alguna especie de ternura maternal —la cual, no la tragó nadie de los que la conocían— para que terminara de llorarle a su hija. Por su parte, Manón cerró de nuevo las bolsas y las llevó una a una al patio de la vecindad, donde comenzó a cavar en una jardinera que serviría de sepulcro. La tierra estaba suelta aunque pesada por tanta lluvia, así que necesitó la ayuda de Montoya y del propio Dalton para terminar pronto. El mulato, amigo de todas las prostitutas del congal, hacía las veces de padre desnaturalizado con cada una de ellas, pues además de cuidarlas de los clientes, también se regocijaba entre las piernas de las chicas, claro; cada que Lola se descuidaba, por lo que enterrarlas él mismo, no era un trabajo agradable, pero sí inevitable.
Val se acercó a su madre y le entregó un par de pastillas y un trago de licor que pusieron a dormir a la Jarocha en cuestión de minutos. La Tranca la subió a una de las recamaras y cuando bajó se encontró a Lola hablando con Barajas, y le decía:
—No te conozco y no tengo nada en tu contra, pero entiende una cosa: Yo soy la única que puede decidir cuando me deshago de mis putas, y si vuelves a intentar ponerle plomo a alguna de ellas, te cortaré las pelotas y haré que te las tragues antes de volarte la tapa de los sesos, ¿entendiste?
La Bestia no respondió a la agresión de Lola, no se molestó ni en mirarla, pero se volvió a su mesa y bebió un poco de aguardiente que le habían servido antes de que llegara Nazky. Eran demasiadas cosas qué entender; demasiados “accidentes” y aún no era ni la media noche.
—¿Mucho pinche amor no, Lola? —dijo la Tranca para romper la tensión entre la Bestia y ella— Ahora resulta que te preocupas por todas tus putitas… Sabes, Lola; esto ya no es divertido, y ver tanta sangre desparramada me está despertando el chingado gusanito.
—Pues allá tú sabrás que haces para rascarte el culo —contestó Lola—, pero aquí no te permitiré alguna de tus pendejadas. Ya tengo suficiente con haber perdido a estas pendejas y sólo me quedan tres más para levantar el changarro, así que no me estés chingando y ya te estás largando si no vas a controlarte.
La Tranca se asomó por una rendija entre las tablas que cubrían las ventanas y mientras escudriñaba la calle dijo:
—No mientas, cabrona. Tú no piensas esconder a esas chamacas del carro blindado, nomás por pura nobleza. Las quieres poner a vender el culo a cambio de mantenerlas ocultas y si no me equivoco, tienes pensado hacer otro tanto con ese par de tarados que las acompañaban. Sin embargo, se te olvida que desde ayer esta ciudad comenzó a destruirse, y cuando todo esto termine, los que sobrevivan no tendrán con qué pagarte por una cogida; sí es que alguien queda vivo, ¡vieja pendeja!
Lola sacó el cuchillo que guarda por debajo de la barra y le mostró su atinado filo al ojo derecho de la Tranca, que no supo ni como le hizo la vieja para alcanzarlo en tan poco tiempo.
—La prisión te volvió muy hocicón, pinche Tranca, y esta noche me está volviendo demasiado impaciente; así que vamos haciendo cuentas si es lo que quieres, y después te sacas a chingar a tu madre.
—¿Así tratas a tus viejos amigos, Lola?
—Yo no tengo amigos ni tú sabes lo que significa ser uno, no te hagas pendejo. Llevas horas aquí metido, esperando y parando la pinche oreja; y sabes… ya me estás oliendo a muerto: ¿Qué es lo que quieres, cabrón?
No era la primera vez que Lola amenazaba a la Tranca de esa forma, por lo que la acción no lo sorprendió ni un poco, pero en algo tenía razón la vieja, y era que Casto Becerra no estaba ahí por la tormenta y tampoco para hacerle una visita de cortesía y festejar su liberación. Montoya los interrumpió al entrar por la puerta trasera y con un grito desesperado dijo:
—¡Apaguen las velas! Los hombres de Carrasco vienen de nuevo y parece que se están enfrentando a tiros con alguien.
Una fuerte explosión sorprendió a todos en el bar, en el patio de la vecindad y en el segundo piso. La lluvia de plomo cayó sobre la fachada del edificio haciendo que todos se fueran al suelo por segunda vez. El problema no era con Lola, pero el enfrentamiento de los hombres de Carrasco los había llevado de regreso a la misma calle. Los gritos de Val, que se encontraba cuidando a la Jarocha, se hicieron escuchar desde la planta alta, y para mala suerte de Lola, su pendeja hija tenía pulmones de sirena de ambulancia; si no la callaban los delataría a todos en un segundo.
—¡Montoya! —gritó Lola— Calla a esa pendeja o va a hacer que nos maten a todos.
Mientras el traficante subía por su novia, Dalton y Manón entraron por la puerta trasera y la atrancaron con un viejo refrigerador, junto a la puerta de los baños. El negro se acercó a su dueña para avisarle lo que había observado; su rostro se encontraba descompuesto y repleto de miedo.
—¡Debemos escondernos… —dijo con voz temblorosa— los están masacrando a todos!
Manón lloraba de angustia y de miedo, como nunca antes lo había hecho; pues fue el primero en observar lo que sucedía en la calle y después de avisarle a Montoya se quedó un poco más de tiempo para atrancar la puerta con el coche de los narcos. Lola sabía que no era fácil que alguien o algo, pudiera asustar así a Manón, y sin pensarlo dos veces le siguió hacia el sótano donde se podían refugiar por unos días sin tener que salir y exponerse. Dalton no perdió el tiempo y bajó a la Jarocha que aún se encontraba inconsciente por las pastillas. Detrás de ellos venían Val, Montoya y los jóvenes que habían permanecido escondidos en uno de los cuartos.
Después de atrancar la puerta del sótano, pasaron pocos segundos para que se dejaran de escuchar detonaciones. Sólo los sollozos de Val se escapaban a las manos de Montoya y se confundían con la respiración de los demás. Lola parecía inmutable a primera vista pues confiaba en que la puerta especial que mandó a hacer para el sótano, aguantaría cualquier impacto; incluso el sótano había quedado reforzado para soportar el derrumbe del edificio; sin embargo, un extraño presentimiento le había reforzado las arrugas de su rostro demacrado. Minutos más tarde se escucharon unas pisadas entrando al bar, las mesas fueron arrastradas y rechinaron para avisarles que alguien se acercaba a las escaleras, pero no se escuchó que subieran por ellas.
—Magdalena...
Una voz gruesa y macabra se infiltró entre las juntas de la puerta del sótano y el marco. Mencionaba un nombre ajeno a todos los presentes y se repitió un par de veces más, seguida de una risa que les provocó escalofríos a todas las mujeres.

—Magdalena… tienes algo que nos pertenece.


Jorge López García
"El Malevólico"


1 comentario:

  1. Bien, esta perfecto este blog para tu novela.................abrazos Jorge!!!!!

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